martes, 26 de julio de 2022

La casa misteriosa

 

La casa misteriosa

 

         Semana Santa de 2022, trece de abril, en algún lugar de la costa mediterránea.

 

Era simple curiosidad, no interés real, he de admitirlo. El caso es que decidí tomar una foto del número de teléfono que estaba escrito en el lugar, ahora tapiado, donde debió ubicarse la puerta principal de la construcción, junto a la leyenda “se vende, for sale”.

Se trataba de una casa señorial, tipo palacete, abandonada desde hacía ya mucho tiempo, según el estado de deterioro que mostraba. Una casa que parecía de otra época. Posiblemente construida no en el siglo pasado, sino en el anterior. De lo que no cabía dudas es que, en su momento de esplendor, seguramente representaba la posición social distinguida, acaso noble, de sus propietarios.

Casi siempre veraneábamos en el mismo lugar. Un sitio relativamente tranquilo, con mar. La típica urbanización ideal para familias con hijos, con piscinas, cuidados jardines y muy cerca de la playa.

Desde la primera vez que acudimos a este rincón, me llamó poderosamente la atención aquella especie de mansión en estado de avanzado abandono. Al encontrarse muy próxima a la urbanización donde nos alojábamos, cada vez que salía a pasear o a sacar a la perrita, iba a visitarla. Los muros exteriores de la propiedad, en algunas partes, estaban completamente destruidos, prácticamente inexistentes, por lo que se podía acceder sin problemas a la parcela que rodeaba la casa, completamente asilvestrada, cubierta por hierbas altas, cardos y demás maleza que crecía naturalmente entre varios pinos, de porte majestuoso, que seguramente fueron ilustres testigos de las circunstancias que rodearon el abandono de tan magnífica morada.

La edificación tenía dos plantas y tres cuerpos bien diferenciados. El central era algo más bajo que los otros dos, levantados en forma de torre, una de ellas coronada por almenas, a modo de castillo medieval, y la otra, acabada en un puntiagudo y decorativo chapitel de teja roja. Las ventanas eran altas y alargadas en ambas plantas, propias de viviendas con techos muy altos. Las de la planta baja estaban protegidas por bonitas rejas de hierro forjado, ya medio oxidadas; las de la superior, con contraventanas mallorquinas, de madera, algunas un tanto destartaladas y otras, cerradas a cal y canto, desde hace quién sabe cuánto.

Junto al edificio principal se encontraba otro, aledaño, prácticamente destruido, que podría haber constituido la vivienda de los sirvientes. Y en la parte trasera había una entrada amplia, que conducía hasta una especie de garaje, amplio y con la puerta arrancada y destrozada.

Cada vez que volvíamos a nuestro lugar favorito de vacaciones, normalmente en el mes de julio, una de las primeras tareas, después de acercarnos a ver el mar, por supuesto, y dejar a la familia instalada en el apartamento, era la de ir a visitar la que terminé por llamar la casa misteriosa. Pensaba que posiblemente, de una vez para otra, podría encontrarla restaurada, en proceso de restauración o incluso habitada de nuevo. Pero no, año tras año me la encontraba en el mismo o peor estado de abandono y deterioro.

Y para que no le faltara de nada, también se decía que la casa tenía, cómo no, su propio fantasma. Al parecer, quien aseguraba haberlo visto, lo describía como un señor de alta alcurnia, vestido elegantemente de otra época, siempre de negro, que intentaba mantener alejados de allí a los ocupadores no deseados… El caso es que, espectros aparte, la estampa de la mansión tenía un cierto toque tétrico y sombrío.

Hasta ahora me había limitado a fotografiarla, desde diferentes ángulos y perspectivas, a cierta distancia, y poco más. Imaginaba cómo debía lucir en sus años de esplendor; me preguntaba quiénes serían sus moradores; hace cuántos años vivieron allí y, sobre todo, ¿por qué se había abandonado una casa como aquella? ¿Por qué nadie la había heredado o adquirido para arreglarla? ¿Por qué tan espléndida mansión se iba consumiendo poco a poco, sin remisión?

Pero en esta última ocasión, quién sabe si por creerme con algún derecho ilusorio sobre aquella casa, señorial en su tiempo, desvalida y solitaria en la actualidad, tras tantos años admirándola desde el respeto y la distancia, incluso deseándola como propia, si las circunstancias económicas lo hubieran permitido, decidí que era el momento de dar el paso de acercarme más a ella; de verla mejor, de tocarla, de asomarme a alguna de sus ventanas desvencijadas de la planta inferior, de pasear por la parcela, de sentirme parte de la historia de aquel amor inalcanzable.

Y entré en el término de la propiedad, por la parte frontal, en la que no había ningún resto de vallado o muro exterior; en lo que debió ser el jardín de la vivienda. Me acerqué a la casa, toqué su fachada, que aún conservaba su color amarillento, muy desmejorado entre las manchas de humedad, las grietas y los desconchones. Paseé a su alrededor, mirando hacia arriba, a los ventanales, las torres, las almenas. No me sentía extraño allí. Percibí que me inundaba un sentimiento de pena, respeto y un cierto cariño hacía aquel lugar. Entonces me topé con la que debió ser la entrada principal, tapiada y enfoscada con cemento, y aquella especie de grafiti, con el anuncio de se vende y un número de teléfono. Saqué mi móvil y fotografié el rótulo. La curiosidad e imaginación tomaron la iniciativa por mí, aunque en el fondo sabía muy bien que nunca podría poseerla.

Antes de irme de allí, tuve tiempo para observar algún detalle más, como una escalera exterior, en la parte trasera, que moría en otra puerta tapiada, esta vez en la segunda planta. Las dos únicas puertas de acceso a la vivienda estaban cegadas, por lo que resultaba imposible entrar en la casa, puesto que todas las ventanas de la planta baja estaban salvaguardadas por sólidas rejas. La única opción para irrumpir en su interior consistía en trepar hasta alguna de las ventanas superiores, a una altura considerable, aprovechando las que tuvieran las contraventanas deterioradas. Junto a la base de la escalera se encontraba una curiosa hornacina, encastrada en el muro lateral, ahora vacía, pero seguro que en su momento cobijó la imagen de algún santo o virgen. Esto hacía suponer que quien encargó la construcción de la mansión era de profundas creencias religiosas. Me asomé, sin entrar, al espacioso hueco donde ya no había puerta, de lo que parecía una especie de garaje o almacén, pero pude ver cómo en aquel lugar si había indicios de cierto uso, aunque fuera por parte de personas ajenas a la propiedad. Se veían cajas colocadas boca abajo, a modo de mesas, con algunas botellas vacías de bebidas alcohólicas, un par de colchones, algunas sillas de plástico, seguramente sustraídas de algún bar, y vasos y cristales por el suelo. Me llamó la atención una pintada, a brochazos gruesos, sobre la ennegrecida pared del fondo, que decía “VAIS A …” ¿Vais a qué? me pregunté, aunque no le di mayor importancia. Me disponía a marchar de allí, no sin antes echar un último vistazo a la fachada principal, enfocando mi atención en la torre del tejado rojizo, de la que salía una terraza, cuyo suelo había cedido. Justo sobre el dintel del espacioso balcón de su planta superior, tomaba protagonismo una inscripción, en relieve, en la que se leía “Villaura”. Era el nombre de la residencia.

Volví al apartamento, con la familia, y continué con las actividades propias de estos periodos vacacionales. Pero no lograba quitarme la casa misteriosa de la cabeza, así que después del paseo con los niños para lograr el ansiado helado de cucurucho, que tanta ilusión les hacía, eché mano del teléfono y, tras unos instantes de indecisión, llamé al número que estaba escrito sobre el tabicado de la puerta principal. Una inusitada agitación me acompañó durante los segundos que sonó el tono de llamada. No contestaron y colgué, casi con cierto alivio. Me sentí perplejo por la extraña sensación. Parecía absurdo, pero había sentido temor a que me contestaran. De inmediato me arrepentí por haber llamado; dejé el teléfono e intenté olvidarme de la llamada y de la casa.

Casi lo había logrado, cuando de pronto sonó la canción “Close to me”, del grupo The Cure, melodía de llamada de mi móvil. Algo en mi interior me impedía ir a cogerlo, aun sin saber quién me llamaba… Uno de mis hijos me acercó amablemente el teléfono y se quedó mirándome, perplejo, porque no contestaba. Entonces lo miré (no lo había hecho hasta ese instante) y vi que se trataba del número al que yo había llamado hacía poco más de media hora. Me levanté y salí a la terraza, para estar solo, y contesté.

Era una voz femenina, parecía de una mujer joven.

         –Tengo una llamada perdida de este número, de hace un rato… ¿Me has llamado?

         Me pareció un tanto informal la forma de dirigirse a mí. Confirmé mi sospecha de que no se trataba de una inmobiliaria. Sería la dueña de la propiedad o alguien cercano.

         –Eeeh… sí. He llamado por el anuncio de una casa abandonada…

         –Ah, claro –me interrumpió–, la casa abandonada. Está en venta, ¿quiere verla?

         –La he estado viendo –contesté, pensando que poco más se podía ver, al estar tapiadas sus puertas–, sólo era por saber qué precio tiene…

         –Me pillas muy cerca de allí; te la puedo enseñar ahora mismo.

         –He visto que las puertas… –insistí, pretendiendo dar por zanjado el asunto.

         –No se puede entrar –volvió a interrumpirme–, eso es verdad, pero te puedo enseñar algunas cosas, si es que tienes interés.

         En aquel momento me pareció escuchar de fondo unas risas y alguien que mandaba callar a quien reía.

         –Ya es un poco tarde –añadí–, ¿no sería mejor mañana?

         Eran más de las ocho y media. No tardaría mucho en anochecer.

         –Mañana salgo de viaje, tiene que ser hoy, ahora. ¿Le interesa la casa o no?

         Mi cabeza me pedía terminar la conversación cuanto antes y olvidar el asunto, pero me sorprendí a mí mismo diciendo que estaría allí en cinco minutos. “No tardas nada –me dije, intentando convencerme de que había hecho lo correcto–, que te cuente lo que sea de la casa, te informe del precio, que será inalcanzable, y asunto resuelto”. Tal vez podría llegar a conocer la historia del porqué del abandono, pensaba, durante los escasos dos minutos que tardé en presentarme en el lugar en cuestión.

         Cuando llegué no vi a nadie en la zona de la fachada principal, lugar lógico para esperar a alguien que viene a ver la propiedad. Tal vez había comparecido muy pronto, deduje. No tardará en llegar. “Y si no viene nadie en unos minutos, me voy de aquí y punto”, me dije, convencido. No obstante, decidí rodear la vivienda, por si acaso me esperaban en la parte trasera.

         Estaba doblando la esquina norte del edificio, cuando me pareció escuchar algo tras de mí. No había terminado de girarme cuando noté un fuerte impacto en mi cabeza y todo se hizo oscuridad y silencio.

        

         La consciencia volvió a mí, así como la visión, aunque no para percibir ni ver nada bueno. Un intenso dolor de cabeza apenas me permitía enfocar la vista en lo que tenía frente a mí, a pocos metros de distancia. La bruma se iba dispersando, mientras empezaba a darme cuenta de mi situación. Aparte del terrible dolor de cabeza, sentía frío en todo mi cuerpo. También apreciaba dolor en las muñecas y los tobillos… Algo adhesivo amordazaba mi boca y me impedía tan siquiera mover los labios.

         Por fin vi donde me encontraba. Estaba situado justo enfrente de la pared que había llamado mi atención tan sólo hacía unas horas. Ante mí se mostró de nuevo la pintada que decía “VAIS A…” Apenas podía mover la cabeza, por el lacerante dolor, para ver lo que me rodeaba, pero percibí la presencia de varias personas y el olor de velas encendidas, entremezclado con el de porro y alcohol… Estaba completamente desnudo, sentado y atado a una de las sillas de plástico que también había visto por allí. Mis tobillos y muñecas estaban fuertemente amarrados a las patas de mi asiento, supuse que con bridas, y no podía moverme. Tal vez sí hubiera conseguido tirarme al suelo, pero temía el impacto irremediable de mi cabeza contra el pavimento y lo descarté de inmediato.

Entonces oí una voz, masculina, a mi derecha, a muy poca distancia.

–¿Y este tipo quería comprar la casa? Pero si apenas lleva pasta en la cartera, el muy hijo de puta… A ver qué podemos hacer con las tarjetas; él ya no las va a bloquear…

Escuché alguna risa. Parecía haber, al menos, dos personas a mi diestra. Pero, justo desde el otro lado, hizo acto de presencia una mujer, joven, para situarse frente a mí.

–¡Ya tenemos despierto a nuestro posible comprador!

Las risas arreciaron. Reconocí la voz; la que hablaba era la misma persona con la que había charlado por teléfono, hacía unos minutos. Acercó su rostro al mío, sonriendo. No tenía aspecto de ser la propietaria de la mansión abandonada. Sencillamente no tenía aspecto de ser la propietaria de nada.

Era una joven de no más de treinta años, ojos grandes y mirada dura; piercing en nariz, labio, ceja y más lugares que no pude determinar. Su pelo era moreno, con flequillo recto y corto, rapados los laterales de la cabeza y rastas por detrás. Noté que me tocaba; su mano se deslizó desde mi cara, pasando suavemente por el cuello, pecho y abdomen, hacia la zona púbica. Su otra mano acercó un porro hasta sus labios, noté el calor del cigarro por la proximidad, apuró una intensa calada y soltó el humo suavemente sobre mi rostro. Las risitas volvieron a hacer acto de presencia.

–Venga, que no podemos perder más tiempo –intervino la voz masculina–. Ya nos ha visto. Haz la ceremonia y nos largamos de aquí.

La mujer que tenía enfrente, que seguía acariciándome, miró de manera áspera hacía el lugar de donde venía la voz, afeando el apremio, pero guardó silencio. Volvió sus oscuros ojos hacía mí y dulcificó su semblante. Dio otra calada y, de nuevo, exhaló el humo hacia mí, en esta ocasión acercándose aún más, hasta posar sus labios en los míos, de no mediar lo que, en ese momento, me pareció cinta americana, fuertemente pegada a mi boca. Tras unos interminables segundos, se apartó de mí, sin desviar nunca su mirada de la mía, sin dejar de sonreírme. Cesó en su manoseo y cogió algo que, de inmediato, puso frente a mi vista. Era un cúter.

Sacó la cuchilla lentamente, disfrutando mientras observaba el gesto de terror que se apoderó de mi semblante. No sé si por el frío o por el miedo, acaso por ambos, pero no pude contener un estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo.

–Yo soy Laura, la señora de esta casa –me habló con una voz fría y firme– y debes pagar por tu atrevimiento.

Entonces, a un escaso palmo de mi cara, desvió su mirada hacia abajo. Yo no podía hablar, gritar; no podía moverme. El dolor de cabeza parecía haber agarrotado mi cuello y ni siquiera lograba girar la cabeza hacia un lado, para evitar su siniestra mirada.

–Ahora sí –miró, desafiante, hacia el hombre que había intervenido antes– es el momento de la ceremonia de los cinco cortes. Cinco, ni uno más… Quien pretende profanar esta nuestra casa, debe pagar con su vida.

Se apartó un instante y señaló con su mirada las palabras escritas en la pared, a brochazos, que en ese momento alcanzaron para mí una dimensión nueva y desalentadora. “VAIS A…” Para mayor desesperación, observé que lo que en un primer momento parecían tres puntos, realmente eran cinco, pero no redondos precisamente, sino ligeramente alargados, como rayitas… como cortes, ¡los cinco cortes!

Cómo explicar lo que sentía en aquella situación. Mi aturdida cabeza no podía asimilar con rapidez lo que se me venía encima. Tenía miedo, qué digo, estaba aterrado, como no pensaba que se podía llegar a estar. No recuerdo si intenté decir algo, si llegué a emitir algún sonido, si probé a moverme… El caso es que antes de darme cuenta, noté cómo la cuchilla entraba en mi pierna, en la parte superior del muslo, y comenzó a cortar, despacio y profundamente, en dirección a la rodilla, hasta llegar a ella. Noté en la piel el calor de la sangre, al brotar desde el abismal corte que partía en dos mi muslo derecho. Escuché “el primero”. Forcé el cuello y pude mirar hacia abajo, para ver mi pierna abierta en canal, manando sangre como una fuente. Sentí que me mareaba; la visión se nublaba y empezaba, de nuevo, a perder la consciencia.

A la sazón, noté cómo se clavaba de nuevo la cuchilla en mis carnes, mientras se oía “el segundo”, esta vez en la pierna izquierda, para repetir la misma operación. Corte hondo en el muslo, desde el inicio mismo hasta la rodilla. Volví a sentir el calor de la sangre mientras envolvía la pierna entera. El intenso dolor quedaba en un segundo plano, pensando que me iba a desangrar, si no acababan con mi vida antes. Era muy difícil ordenar las ideas en ese momento, pero una angustia vital se apoderó de mí y acepté que estaba a punto de morir. Pensé en mis hijos, en mi esposa, en mi madre… Todo se terminaba para mí, no volvería a verlos.

Cuando escuché “el tercero”, la afilada hoja metálica ya había entrado en mi hombro derecho y seccionaba, poco a poco, todo cuanto se encontraba en su camino, hasta el codo. Un nuevo río de sangre fluía hacia mi mano y regaba aún más el suelo del lúgubre lugar en que se había convertido el garaje que, unas horas antes, había visitado. Cuanto me rodeaba se tornó nebuloso; la realidad empezaba a jugar con la imaginación y los más terribles pensamientos. Tal vez ya sólo esperaba que aquello terminara cuanto antes.

Un bofetón en la cara me sacó del ensimismamiento e inconsciencia. Volví a ver pegado a mí el rostro de la que se hizo llamar Laura, la presunta señora de la casa. Su sonrisa ahora se había transformado en una especie de mueca maléfica.

–No te vayas a desmayar ahora, que aún quedan dos y no te los puedes perder.

Se oyó de nuevo la voz masculina cerca de mí.

–Esta vez el fantasma de la mansión se está pasando de sangriento… ¿No dicen que usa un bastón de señorito para atizar a los invasores? Pues me da que no va a colar…

Se volvieron a escuchar risas.

–Venga, que el cuarto va a ser rápido, ánimo –aquellos ojos oscuros, como la muerte, parecían fuera de sí.

Noté cómo la cuchilla, esta vez, a diferencia de las anteriores, surcó mi brazo izquierdo de manera brusca y violenta. Fue la incisión que más dolió de todas. Creo que debió rasgar hasta la superficie del hueso. No pude contener una especie de gemido, que murió en la cinta americana que amordazaba mi boca.

Sin darme tiempo apenas a reaccionar al brutal tajo…

–¡Y por fin, el quinto!

Parecía querer acabar con aquello cuanto antes. Un tono triunfalista y grotescamente épico se dejó advertir en sus palabras.

Sentí que la punta de acero penetraba en mi cuello y, súbitamente, saltó por los aires. Escuché un fuerte golpe, justo delante de mí, donde se encontraba mi verdugo, que desapareció en el acto, a la par que emitía un desagradable sonido gutural. La luz de las velas, que iluminaba la pared situada frente a mí, se vio sesgada por una sombra. La sombra de una figura humana, que cruzó delante de a mí y desapareció en el acto. Allí se escuchó mucho alboroto; golpes, gritos y carreras parecían volatilizarse en mi mente, que ya no distinguía si estaba viviendo realmente aquello, si lo soñaba o simplemente me estaba muriendo…

 

Cuando desperté, me encontraba en una cama de hospital. No había sido un sueño, la cabeza me seguía doliendo. Mi esposa estaba a mi lado y se aproximó para besarme, mientras dejaba escapar discretamente unas lágrimas de alivio.

–¿Y los niños? –pregunté.

–Están fuera, esperando. ¿Y tú, qué tal estás?

–Bien –contesté sin pensar–, estoy vivo.

–Te has dado un buen golpe en la cabeza, pero no hay fracturas ni derrames…

–¿He perdido mucha sangre? –interrumpí.

Mi esposa me miró extrañada.

–¿Sangre? Tienes la cabeza dura –sonrió–, ni una brecha. En estos casos dicen que es mejor sangrar, para evitar coágulos internos y…

–Me refiero a las piernas –volví a interrumpir–, los brazos, el cuello…

La expresión de mi mujer dejaba claro que no entendía lo que yo intentaba decir. Entonces, a pesar del agarrotamiento del cuello, me incorporé para apartar la sábana y dejar al descubierto mi cuerpo, ver mis piernas y brazos, mientras tocaba con mis dedos la zona del cuello donde había sentido cómo penetraba la cuchilla del cúter… pero allí no había nada. Mis piernas y brazos se mostraban incólumes. ¡Ni un arañazo! No podía ser, pensé, era imposible…

–¿Qué te pasa, cariño? –Su semblante ahora era preocupado.

–Me hicieron unos cortes profundos –señalaba mis dos muslos y los brazos, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo–, me estaba desangrando… ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

Mi esposa intentó calmarme, posando su mano sobre mi hombro, a la vez que me volvía a cubrir con la sábana.

–Nadie te ha hecho nada. Al parecer te caíste desde lo alto de una escalera de la casa abandonada esa que te gusta tanto… Ya me contarás qué hacías ahí subido. Te encontraron unos vecinos, que sacaban a su perro por esa zona… Suerte has tenido, que ya era de noche. Llamaron a una ambulancia y te trajeron aquí; me localizaron con tu móvil y llevarás dormido un par de horas. Ya son más de las doce. Vaya susto nos has dado. Ahora tienes que descansar.

No daba crédito a lo que estaba escuchando. A punto estuve de porfiar y negar todo cuanto me estaba contando, pero lo cierto es que no tenía señal alguna de haber sufrido las graves heridas que estaba convencido haber visto cómo me las infligían… Recordaba perfectamente el dolor provocado por los cortes, especialmente el último; el calor de la sangre en mi fría piel desnuda; la visión de mi pierna abierta en canal; mis manos y pies atados a la silla de plástico, el quinto y último corte frustrado por lo que parecía una sombra…

–Van a entrar los niños para verte y nos volvemos al apartamento. Nos han dicho que esta noche tú debes quedarte aquí, en observación, pero te han mirado bien y dicen que no hay nada grave, sólo un fuerte golpe. Mañana te darán el alta; vendremos a por ti a primera hora.

Besé y abracé a mis hijos como no recordaba haberlo hecho antes. Había imaginado que no los volvería a ver y eso seguramente resultó lo más duro de asimilar. Todo parecía ser fruto de mi imaginación, tal vez una alucinación provocada por el golpe en la cabeza… Pero lo sentí tan real cuando creía estar muriéndome… Y, por otro lado, en ningún momento tuve intención de subir esas escaleras… Yo acudí al lugar porque había hablado por teléfono con una mujer, que me iba a explicar las condiciones para adquirir la propiedad de la casa…

Ya me había quedado solo en la habitación. Necesitaba descansar y, sobre todo, algo que lograra sosegarme, para poder poner fin a esos terroríficos recuerdos que, aunque la realidad me decía otra cosa, no dejaban de atormentarme. Me iban a traer un relajante muscular, que me ayudaría a dormir.

Se abrió la puerta y entró la enfermera, con un vaso de agua en la mano.

–Con esto vas a descansar de maravilla –dijo, mientras preparaba el medicamento en cuestión, de espaldas a mí, a un par de metros de la cama–. Te vas a quedar dormido en menos de cinco minutos…

Entonces me fijé en su peinado, un tanto extraño para una enfermera. Rastas por la parte de atrás y rapado por los lados… Al darse la vuelta vi ese flequillo característico y, al acercarse más, esos ojos de mirada asesina, los piercings… ¡Era ella!

–… O, mejor aún –añadió, mirándome fijamente, mientras mostraba un cúter en su mano–, en menos de cinco… cortes.

 

 

 

Fin

 

Una historia de Antonio Torres,

en Azuqueca de Henares, a 13 de junio de 2022

domingo, 31 de octubre de 2021

Una historia del día de todos los Santos

 

 

Había estado recogiendo unas rosas de mi jardín. A pesar de lo avanzado de estas fechas, siempre había alguna para llevar a la lápida de mi padre, como todos los años. Él, durante toda su vida, había cuidado invariablemente la tradición de llevar flores a las tumbas de sus seres queridos que ya no estaban con nosotros, en el día de todos los Santos. Y yo intentaba mantener en su memoria lo que siempre hizo por los demás.

El día era frío y plomizo. Un apacible céfiro había tornado en un molesto viento, que amenazaba con desbaratar el trabajo de cuantos se habían acercado, en tan señalada fecha, a engalanar las moradas de sus difuntos. El cementerio lucía sus mejores galas, con flores en todas las tumbas y esa luz tenue de otoño, tan melancólica como sugerente, ponía la nota nostálgica a la víspera de un día marcado en el calendario para recordar a nuestros muertos.

Ya había poca gente; casi todos se habían marchado. El cielo amenazaba lluvia y apenas quedaban unos minutos para el inicio del crepúsculo. Advertí cómo unas incipientes gotas comenzaban a mojar el oscuro mármol de la lápida de mi padre. Me incorporé para apreciar cómo quedaba el jarrón, con el escudo de su equipo de fútbol y las rosas, rojas, como a él le gustaban, junto a su nombre, grabado sobre la fría piedra.

Entonces noté cómo empezaban a verse borrosas las letras. Sentí una especie de mareo, de vértigo. Por un instante lo achaqué a mi habitual baja tensión, tras alzarme repentinamente, después de haber estado un rato agachado. Pero no. El aturdimiento iba en aumento. No sólo parecían cambiarse las letras, unas por otras, sino que observé cómo me alejaba de allí poco a poco, como si ascendiera unos metros sobre la escena. No entendía nada; mi mente estaba confusa.

De pronto, observé que a los pies de la tumba, en la que yo me encontraba hacía unos segundos, había dos hombres. Intenté enfocar mi nublada vista hasta que logré reconocerlos a ambos. Eran mis hijos, pero mucho más mayores de lo que los recordaba… A pesar de la distancia, en mi retina se reprodujeron con una claridad meridiana las letras de la lápida. Aquel no era el nombre de mi padre, sino el mío…

 

 

Una historia de Antonio Torres

30 de noviembre de 2021

jueves, 22 de julio de 2021

La ciénaga

 


 

16 de febrero de 2021, en algún lugar del centro de la península.

 

La tarde era sencillamente espléndida. Una temperatura agradable y la típica y hermosa luz de invierno, con un sol radiante, de esos que preludian un espectacular atardecer, invitaban a salir a dar un paseo, tras un largo día de teletrabajo.

Atrás había quedado la gran nevada de enero y las posteriores heladas, que por aquí no se sufrían desde hacía muchos años. Algunos nunca habíamos visto nada igual. Pero el maldito Coronavirus no cedía y seguía su contumaz progresión, dejando víctimas mortales cada día, impasible a cualquier otra circunstancia y razón. Por ello, cada vez que iba a salir con Leia, mi perrita, a la correa para ella, había que añadir la pertinente mascarilla para mí. Algo ya habitual en nuestras vidas en esos días, desde hacía ya más de un año… Resulta curioso cómo somos nosotros los que parecemos llevar bozal, en vez de nuestros canes…

El inicio del paseo, como tantos otros días, apurando apenas un par de calles para salir de la población a campo abierto, donde poder soltar a Leia y así disfrutar ambos de una agradable caminata fuera del casco urbano, buscando tranquilidad y soledad, y así evitar el contacto social, tan en boga en esas fechas de pandemia.

El itinerario empezó siendo el de siempre, por la “ruta de los huesos”, como yo la llamaba. A cada ruta que suelo recorrer cuando salgo con mi fiel perrita, le pongo un nombre, según alguna característica propia del lugar en cuestión o simplemente por diferenciar unas de otras. A ésta la llamo así porque cuando la transité por primera vez, había muchos huesos (parecían de ganado ovino) a lo largo de la senda.

Pues bien, al final del trayecto de la ruta de los huesos, en vez de continuar por donde solía, hacia la ruta 53 (este nombre no tiene significado alguno; fue porque sí, me gustó el número y ya está), opté por cambiar el rumbo y buscar un destino nuevo. Por algún motivo, decidí apartarme del camino para adentrarme por un lugar que nunca antes había pateado. Para ello, tuve que pasar a cuatro patas, emulando a mi mascota, por debajo de una acequia elevada. Pero mereció la pena, al menos eso pensaba yo en ese momento.

Esa especie de canal elevado hacía las veces de cercado y muy poca gente, o ninguna, pasaba al otro lado, en el que abundaban los campos de labranza, sembrados hacía poco de algún tipo de gramínea, como trigo o cebada, que ya empezaba a verdear y hacer más bonito el paisaje. Comencé a caminar en paralelo a otra acequia, perpendicular a la que acababa de cruzar por abajo. En realidad no había camino; el relieve era muy irregular, plagado de ondulaciones, a modo de pequeños montículos, y desniveles abruptos del terreno. Y agujeros, muchos agujeros, colmados de zarzas en su mayoría. Había un gran número de árboles, de especies y tamaños variados, irregularmente ubicados aquí y allá. Abundaban los olmos y los chopos, que aún tenían sus ramas desnudas. En cambio, me llamó especialmente la atención un espectacular almendro en flor, al que hacía aún más hermoso la luz que lo regaba, que parecía querer enfocarlo para destacar su belleza de entre todo lo demás. Ciertamente el paraje era muy poco o nada frecuentado, perfecto para quien busca no encontrase con nadie durante un rato.

La perra no paraba de corretear de un lado para otro, buscando y persiguiendo conejos, que por allí abundaban. Parecía feliz. El sitio me estaba gustando mucho, rodeado de tranquilidad y naturaleza y con aquella magnífica luz, cercana ya al atardecer, que lo bañaba todo, otorgándole aún más encanto al lugar. Saqué el móvil y comencé a hacer unas fotos de cuanto me rodeaba. El bonito almendro en flor, los campos verdes…

El paseo estaba resultando de lo más agradable. Todo hacía indicar que esta nueva ruta, que estaba descubriendo, iba a convertirse en una de mis favoritas. Tendría que buscarle un nombre…

Entonces me di cuenta de que llevaba un rato sin ver a Leia. Aunque no paraba quieta ni un momento, constantemente venía a mí, para volver a alejarse y si la perdía de vista era sólo por unos instantes. Siempre aparecía correteando, saliendo de cualquier sitio; nunca estaba mucho tiempo sin venir a mi lado. La llamé por su nombre y silbé. Normalmente hubiera venido en el acto, pero no lo hizo. Volví a llamarla, elevando la voz y volví a silbar, aún más fuerte que antes, pero nada. Empecé a preocuparme. Algo debía haberle ocurrido, porque no era normal que no diera señales de vida. Grité y silbé insistentemente, atenazado ya por los nervios, hasta que de pronto escuché algo… Era ella, sin duda, que ladró de forma lastimera ante mi llamada. No parecía estar muy lejos, así que la busqué, dirigiendo mis pasos hacia el origen del sonido.

La encontré pronto. Estaba en el fondo de una especie de zanja, de más de dos metros de profundidad, rodeada por una masa impenetrable de arbustos, de la que destacaba un árbol de porte menudo, una maraña de zarzas que lo cubría casi todo y una pared vertical de tierra. Apenas podía moverse, tan sólo intentaba, sin éxito, salir del agujero, pero parecía imposible. Respiré aliviado porque la había encontrado, pero… ¿cómo podría sacarla de allí?

La perra intentaba trepar por la pared de tierra, pero ésta era demasiado alta y casi vertical. Además, la superficie no era firme y se desmoronaba con facilidad, seguramente por la humedad que aún conservaba de la gran nevada. Yo la animaba desde arriba, pero pronto me convencí de que le resultaría imposible salir por sí misma. Tan sólo lograba que el animal se agotara y se pusiera aún más nervioso. Advertí que tenía varios puntos de sangre, sobre todo en la boca; parecía provenir de la lengua y pensé que se habría pinchado con las zarzas.

Miré alrededor de la zona en declive, cubierta casi en su totalidad por zarzales y arbustos sin hojas. Pensé que podría rodearla e intentar buscar un acceso para llegar hasta ella, pero me di cuenta en seguida de que el lugar era más grande de lo que en un principio parecía. Corrí hacia la derecha, para rodear por el lado suroeste aquella especie de gran hoya profunda e impenetrable, pero lo único que hacía era alejarme de donde se hallaba prisionera. Por aquel lado no podría rodearlo, salvo que hiciera un trayecto bastante largo. Cuando volví a escuchar los aullidos suplicantes de mi perrita, fui consciente de que no disponía del tiempo necesario para seguir con el plan, sin tener la seguridad de poder llegar al otro lado y encontrar una forma de bajar y llegar hasta ella. Volví hasta el punto de partida y Leia se calmó y dejó de aullar cuando me vio.

Empezaba a sentirme un poco desesperado, pero, sin perder un instante, me fui hacia el otro lado y allí, a unos veinte metros, sí vi un desnivel por el que se podía bajar, no sin dificultades, hasta una zona despejada de árboles y arbustos, cubierta por una espesa capa de plantas secas, posiblemente quemadas por los hielos que siguieron a la nevada. Avancé por una estrecha pendiente, entre más zarzales, para llegar a esa parte más plana y, aparentemente, más accesible. Desde allí podía ver, a poco más de quince metros, la prisión natural en que se había convertido aquella masa hermética de arbustos y zarzales que rodeaba a la perra contra una pared de tierra. Olía a humedad, qué digo, apestaba. Y mis sospechas se confirmaron cuando intenté avanzar por esa alfombra de plantas secas… Mis pies se hundían. Bajo ese estrato superficial había agua. No podía seguir avanzando, sin saber qué profundidad me iba a encontrar a medida que me alejara del borde de tierra firme. Ya me había hundido hasta más arriba de los tobillos, sin encontrar suelo estable. Aquello era como una ciénaga. Imposible avanzar. Entonces, cuando Leia empezaba a aullar de nuevo, al dejar de verme, empecé a llamarla, a ver si lograba que se deshiciera de parte de las zarzas que la enredaban y podía venir hasta mí, por la parte más próxima al muro de tierra. No lo tenía claro, pero debía intentarlo. Quizá, tal vez… Pero no. Ante la imposibilidad de venir hacia mí, la pobre aumentó la intensidad de sus desesperados aullidos. Entonces la ordené que se quedara quieta, para evitar que se lastimara aún más y corrí de nuevo hasta su lado.

Empecé a tener claro que la única forma de sacarla del hoyo era desde abajo, metiéndome yo mismo en el agujero y, una vez puesta a salvo a la perra, yo podría trepar sin muchas dificultades, dada mi mayor envergadura.

Dicho y hecho. Me senté en el borde y me dejé caer, arrastrándome hacia abajo, con cuidado de no caer encima de Leia, cosa que no logré del todo, pues no había sitio suficiente para los dos de manera holgada. Ya estaba con ella. La acaricié para tranquilizarla y comprobé que sangraba menos por la boca, aunque pude observar que, a pesar de la cantidad de pelo, se veían innumerables puntos de sangre, debidos seguramente a los pinchazos con las púas de las zarzas. Pero no había tiempo que perder, había que ponerse manos a la obra, que la tarde empezaba a caer y no podía permitir que se me hiciera de noche en ese lugar.

El objetivo era coger al animal y auparlo lo máximo posible, hasta que pudiera agarrarse con las uñas y salir por sí mismo. Para ello, necesitaba poder elevarme sobre el nivel del suelo del agujero, pues si no, no podría acercarlo hasta el borde, contando con que mis brazos estuvieran totalmente extendidos hacia arriba. No parecía tan fácil, visto desde abajo, pero había que intentarlo.

Entre la maraña de arbustos, ramas y zarzas, había un árbol joven, cuyo tronco no debía llegar a los cinco centímetros de diámetro, que se bifurcaba a algo más de medio metro del suelo. Era perfecto para apoyar un pie, mientras que el otro lo intentaba sujetar contra la pared de tierra. Así podía elevar al can mucho más cerca del borde. Esperaba que el tronco aguantara, sin romperse, pues yo no soy muy corpulento, pero al sumar mi peso al del animal, nos acercábamos a los cien kilogramos. Creo que hasta ahora no he mencionado que mi perrita Leia es un pastor alemán, de algo más de treinta kilos…

Mi posición era realmente complicada. Con un pie en el árbol, que se inclinaba peligrosamente; el otro, apoyado contra la pared de tierra, resbalando poco a poco, y agachado para poder coger por el lomo al can. Ya lo tenía. Tirón hacia arriba y… los dos por el suelo, entre las zarzas y ramas… La perra cayó encima de mí, cosa que preferí, ya que, al contrario, la podría haber hecho mucho daño. Pero noté en la caída cómo una rama arañaba mi pierna fuertemente. El dolor era intenso y sentí un hilo de sangre correr por la pantorrilla hasta el tobillo. No quise ni mirarlo, no era el momento. Me levanté como pude, pues en tan escaso espacio, casi no podíamos movernos allí abajo.

Volví a adoptar esa posición imposible, para intentar alzar a mi fiel compañera hacia arriba. Ella se dejaba manejar sin quejarse, como si comprendiera que, sólo cogiéndola de esa manera, podría sacarla de allí. Venga, otra vez para arribaaaaaa… ¡Zas! De nuevo para abajo. Nueva caída, aunque esta vez fue menos aparatosa que la primera. Caí de pie y sin haber llegado a soltar a la perra. Por un segundo pensé que aquello era imposible. Estaba empapado en sudor y eso que estábamos en febrero. Menos mal que, al ser invierno, iba con varias capas y prendas de abrigo que me protegían de algunos pinchazos y rasguños. Aun así, mis manos y piernas ya estaban muy arañadas. Debía seguir intentándolo, aunque empezaba a notar los brazos, especialmente los hombros, agotados.

Me dispuse a probar de nuevo, por tercera vez. Tenía miedo de volver a fracasar en el intento, pero no tenía otra opción. Vamos allá: Un pie en el árbol, el otro contra la pared, cojo a Leia por la piel del cuello y la grupa y… ¡hacia el cielo!, como si de un Paso de Semana Santa se tratara. Esta vez pude aguantar unos segundos arriba, sin caer, lo suficiente como para que la perra pudiera agarrarse bien con las uñas al suelo y salir por fin del hoyo. Dicen que en determinadas circunstancias, uno es capaz de mostrarse más fuerte de lo que realmente es… Desconozco la base científica de tal aseveración, pero nunca imaginé que podría coger a un perro de ese tamaño y peso, levantarlo y mantenerlo con los brazos totalmente estirados durante un tiempo, más si cabe, estando apoyado, como yo estaba en ese momento, en puntos tan poco firmes como un pequeño tronco, que se inclinaba con mi peso y una pared de tierra húmeda, que se desmoronaba con bastante facilidad.

Bueno, lo más difícil estaba hecho. Al menos eso pensaba yo en ese momento. Poco tiempo fue necesario para advertir que lo realmente complicado era salir yo mismo de allí. Si intentaba escalar por la pared, apoyando los pies en la tierra, ésta se desprendía y no podía ascender. Si me apoyaba en el arbolito, éste se inclinaba hacia el lado contrario y tampoco me permitía acercarme al borde, que, por otro lado, estaba en pendiente, para dificultar aún más la labor de agarrarme a él y hacer fuerza para poder subir. No había nada a lo que poder asirme; sólo unas pocas plantas secas, que se arrancaron sin ofrecer resistencia alguna. Varios intentos por salir terminaron con sendas caídas hacia detrás, con los consiguientes golpes y nuevos arañazos. Leia me miraba desde arriba, parecía tranquila. Al menos uno de los dos lo estaba. No se iba a mover de allí en un buen rato.

El sol ya estaba muy bajo, casi a punto de desaparecer tras la línea del horizonte. La claridad natural iría descendiendo gradualmente durante los próximos minutos, hasta convertirse en oscuridad. Mi estado de preocupación se intensificaba según transcurría el tiempo y no veía la forma de ascender para poder huir de allí. Lo intenté todo, incluso cortar varias ramas del pequeño árbol, para clavarlas lo más cerca del borde y que sirvieran como punto de sujeción, pero nada. En una película tal vez hubiera servido, pero a mí sólo me trajo decepción e impotencia… No había querido hacerlo hasta ese momento, pero decidí llamar a mi mujer, para contarle la situación en la que me encontraba. Le recordé que tenemos un conocido, papá de un amigo de nuestro hijo menor, que es guardia civil y siempre se había mostrado agradable y cordial en el trato con nosotros. Ella tenía su teléfono, así que lo llamó de inmediato.

Parecía que, de pronto, la espectacular y soleada tarde invernal de la que había estado disfrutando hacía poco más de media hora, se daba prisa en apagarse, mucho más rápido de lo que hubiera deseado.

Nuestro conocido guardia civil no se encontraba de servicio. Ese día lo tenía libre. Pero no dudó un segundo en decirle a mi esposa que no se preocupara, que se ponía manos a la obra. Y así fue. A los pocos minutos recibí una llamada suya, para preguntarme dónde estaba y decirme que iba para allá. Mi estado de ánimo mejoró notablemente al escuchar la voz de aquel hombre. Entonces intenté tranquilizarme y explicarle dónde demonios se encontraba el maldito agujero en el que estaba metido. Pero no era fácil…

Me costó mucho esfuerzo transmitirle referencias e indicaciones para que pudieran dar con el dichoso lugar. Realmente no había ningún camino que condujera hasta donde me hallaba. Nadie debía ir por allí nunca; yo no lo conocía tampoco hasta ese momento… No era tarea sencilla explicar por teléfono cómo lograr encontrar un escondrijo, apartado de toda senda y que ni siquiera yo tenía del todo claro. Y la luz empezaba a escasear. El sol ya se había ocultado y los árboles, que un rato antes lucían radiantes con sus colores naturales, sólo eran figuras oscuras que se recortaban en un fondo gris.

Entre llamada y llamada, empecé a escuchar ruidos a poca distancia de donde me encontraba, a mi espalda. Veía que la perra, que no se había movido desde que la saqué del agujero, también dirigía su mirada atenta, orejas bien estiradas, hacia el origen del sonido. Incluso ladró un par de veces. Será un conejo, me dije, pero lo cierto es que no me lo parecía en absoluto. El sonido de un conejo es mucho más rápido, irregular y ligero. Éste otro era más lento, pesado, sigiloso… Además, un lugar cubierto de agua, como lo era aquella especie de cenagal que tenía detrás de mí, no era el hábitat preferido por los conejos. Debía tratarse de un animal de mayor tamaño, pero no lograba pensar en nada que pudiera encajar en lo que escuchaba, cada vez más cerca.

Ya había caído la noche, aunque no había oscurecido del todo. Incluso Leia, que no estaba a más de dos metros de mí, sólo era una sombra en mitad de la oscuridad. Por un momento pensé que no iban a poder llegar hasta allí, que no encontrarían el lugar, ya sin luz natural; que tendría que quedarme toda la noche atrapado en aquel hoyo, en el que no podía ni sentarme… Un escalofrío recorrió mi espalda, empapada en sudor frío, mientras volví a escuchar el sonido de pisadas aproximándose. Leia volvió a ladrar. Ya hacía mucho que no recibía ninguna llamada, o al menos así lo percibía yo. Empecé a sentirme solo como creo que nunca antes me había sentido. Solo y desamparado, incluso dudando de si había actuado de la mejor manera, al meterme dentro de aquella zanja, sin tener la certeza de poder salir… Además, esos ruidos misteriosos habían logrado arrancar en mí un miedo que crecía a medida que se aproximaban por mi espalda. Giraba la cabeza hacia atrás, pero ya no se veía nada. Al menos, tenía la sensación de que se detenía aquello que fuera lo que se estaba aproximando hacia mí, cada vez que intentaba mirar en su dirección.

Entonces escuché mi nombre a lo lejos. Alguien lo gritaba. Nunca había pensado lo bonito que podía llegar a sonar mi nombre vociferado en la oscuridad. ¡Antonio! volví a escuchar. Grité “aquí” varias veces y silbé lo más fuerte que pude, a pesar de que la perra se inquietó y se acercó peligrosamente, ya que ese silbido suele entenderlo como llamada. Intenté calmarla, para que no volviera a caer en la zanja.

Tras varios intercambios de voces en la oscuridad, cada vez más próximas entre sí, logré vislumbrar unos haces de luz que se recortaban en el fondo negro que me rodeaba. Alivio, alegría desmedida, emoción… Hasta me permití olvidarme por unos segundos de aquello que ya empezaba a sentir demasiado cerca de mí.

Por fin llegaron hasta el lugar varias personas, entre ellas, encabezándolas, el buen amigo guardia civil, que se había empeñado en ir a buscarme en su día libre y a fe que lo consiguió. Me deslumbraron con las linternas, pero no me importó. Ya estaba próximo a salir de allí. Les avisé que tuvieran cuidado con la inclinación del terreno y llegué justo a tiempo, ya que uno de ellos a punto estuvo de caer encima de mí. Aunque al principio ladró un poco (no tengo claro si lo hizo a los recién llegados o a lo que se acercaba tras de mí), Leia no fue ningún problema para mis rescatistas.

Lograron sacarme entre dos de ellos; uno alcanzó a darme la mano, una vez había vuelto a encaramarme sobre el arbolito, y otro me lanzó la correa de la perra, para poder asirme a ella y por fin salir del agujero, casi a rastras.

Les hubiera abrazado a todos, de no ser por la maldita pandemia. Exclamé repetidamente palabras de agradecimiento, entre ellas recuerdo “¡qué buenos sois, qué buenos sois!” y nos dispusimos a volver hacia el pueblo, iluminados en aquel camino inexistente por un gran número de linternas. Mi sensación de alivio era infinita, tras haberlo visto todo tan negro hacía tan sólo unos instantes.

A partir de este momento, el conocido guardia civil, papá de un amiguito de mi hijo menor, pasó a ser un buen amigo, al que siempre le estaré agradecido.

Por último, no quisiera dejar de contar algo que sucedió cuando mis salvadores tiraban de mí para poder sacarme del hoyo. Tal vez fuera una de las muchas zarzas que me rodeaban en el agujero, que se agarró accidentalmente con fuerza a mi ropa cuando salía, nunca lo sabré, pero algo me intentó sujetar hacia abajo justo en el momento en que salía de la zanja. La fuerza de aquellos dos hombres, tirando de mí hacia arriba, fue superior a la que pretendía retenerme. Gracias a ello, este hecho circunstancial ha quedado en el recuerdo como una simple anécdota; como una duda en mi mente, que hace que me pregunte de vez en cuando ¿qué era aquello que escuchaba aproximarse tras de mí? o ¿qué hubiera ocurrido si mis bienhechores hubieran llegado al rescate unos minutos después?

 

 

Fin

 

 

 

 

Un relato de Antonio Torres Ortega.

 

En Azuqueca de Henares, a 13 de julio de 2021.  

martes, 24 de marzo de 2020

El pozo




 Todo comenzó un caluroso día de verano, hace ya unos cuantos años. El perro estaba especialmente raro cuando llegué al huerto. Daba vueltas sobre sí mismo, cosa que no solía hacer normalmente y ladraba más de la cuenta. En un primer momento no le di importancia y me puse manos a la obra con lo que más prisa me corría, que era regar las tomateras. Con ese calor, dos días seguidos sin riego podrían resultar fatales para esta suculenta variedad, que no sabemos muy bien si es fruta, verdura u hortaliza, o acaso las tres cosas a la vez.

Procedí, como siempre, a poner en marcha la bomba del motocultor, situado al final de una rampa descendente, junto al pozo. Inmediatamente fui hasta el final del conjunto de tuberías, para comprobar que el agua saliera y así poder conducirla hasta los surcos donde las tomateras esperaban ansiosas su baño alimenticio. Pero el agua no hizo acto de presencia. Esperé unos segundos más, pero nada. No era normal, así que corrí hacia el motor, que sonaba de manera extraña, para detener su funcionamiento y evitar averías. El perro seguía mostrándose muy nervioso y ladraba sin parar, aunque allí, en la parcela, sólo estábamos él y yo…

Efectivamente, tal y como había sospechado, la bomba estaba descargada. No era habitual que esto ocurriera, pero no le di más vueltas e intenté solucionarlo de forma inmediata. Comencé a echar agua por la boca de la bomba, pero no se cargaba. Lo intenté con varios cubos de agua, pero nada… Empecé a preocuparme. ¿Por qué no se llenaba la bomba? Entonces volví a subir la rampa, sudando por el sofocante calor y por tanta carrera de un lado para otro, y levanté la cubierta metálica del pozo, cosa que no hacía desde tiempos inmemoriales. Ya no recordaba el peso de aquella chapa que había puesto mi padre muchos años atrás, cuando compró la parcela y su primer propósito fue asegurar que nadie pudiera caer en aquel enorme y profundo agujero, construyendo un pretil y ajustando al brocal una pesada y sólida tapadera de hierro.

Aparté con el astil de la azada una espesa madeja de telarañas, para poder mirar hacia abajo, en la oscuridad de la gran abertura. En ese momento no reparé en un detalle de cierta relevancia, o si lo hice no le quise dar mayor importancia, puesto que mi prioridad era otra. La pesada chapa que cubría el pozo tenía forma circular, de casi dos metros de diámetro, y estaba compuesta por dos mitades, semicirculares, que se abrían a modo de trampillas, gracias a unas bisagras centrales, para facilitar la apertura de sendos portones. Pues bien, al levantar una de las dos mitades de la tapadera del pozo, se podía observar que la tupida capa de telarañas no cubría toda la superficie del brocal, sino que había un hueco o agujero en la misma, como si alguien antes que yo la hubiese roto o atravesado…

Pues bien, una vez apartadas las telarañas, no se podía apreciar el típico reflejo en la superficie del agua; ni veía mi silueta reflejada, ni el cielo azul de fondo. ¡No había agua! Quedé tan extrañado que apenas si alcancé a reaccionar. Me agaché hacia el brocal e intenté forzar mi visión y tan sólo pude vislumbrar los anillos más profundos, envueltos por la oscuridad. El perro no paraba de ladrar…

Nunca antes había ocurrido que el pozo se quedara sin agua. En los años de menos lluvias, se apreciaba un ligero descenso en el nivel, pero nunca se había secado. ¿Qué habría sucedido? ¿Qué podía hacer? ¿Cómo iba a regar las plantas del huerto? Entre la contrariedad por esta nueva situación, en la que de pronto me encontraba, y el pertinaz ladrido de Aslan, que así se llamaba el perro, empecé a sentirme bloqueado y un tanto irritado.

“¡Cállate!”, grité al molesto can. Pero no sirvió de nada.

Solté la pesada tapadera y ésta se desplomó contra el borde de ladrillo, causando un desagradable estruendo. Estaba cabreado y me fui hacia donde se encontraba el animal; una amplia perrera de malla metálica, construida a conciencia por mi padre, con mi ayuda, hacía ya muchos años, cuando llevamos nuestros primeros perros a la parcela.

“¡Cállate, coño!”, volví a vociferar, como si empleando la fea palabra el perro me fuera a hacer más caso que antes, pero el resultado fue el mismo. Tan sólo cuando me planté frente a la puerta de su recinto vallado se tranquilizó un poco. La abrí para que saliera y, ante mi sorpresa, la abandonó a un paso tranquilo, casi cachazudo. No salió disparado, corriendo a lo loco, como hacía siempre, lo que me resultó muy extraño, pero, al menos, dejó de ladrar.

En lugar de ir de un lado para el otro de la finca, olisqueando y cubriendo sus necesidades fisiológicas, se colocó frente a mí y se quedó inmóvil, mirándome fijamente a los ojos. Yo quedé perplejo por este inusual comportamiento. Nunca antes había actuado de esta forma. No era normal. Por un momento, incluso llegué a olvidar el problema del pozo seco.

Allí estaba Aslan, mi perro de raza mastín español, quieto delante de mí, mirándome como si estuviera a punto de decirme algo. Aquel enorme cabezota normalmente no me hacía ni caso hasta que no me veía con la lata de su comida en la mano. Lo usual era que se fuera por la parcela, a su aire, correteando y husmeando todo, levantando la pata y marcando su terreno hasta que su vejiga decía basta. En fin, un perro autónomo, que no está pendiente de su dueño y va a lo suyo. Pues ahora estaba sentado frente a mí, observándome como nunca antes lo había hecho. Me miraba a los ojos como lo hace una persona, no un animal…

Yo estaba paralizado por la extraña situación, casi con miedo, hasta que empecé a sentirme indispuesto. De pronto, un tremendo dolor de cabeza se apoderó de mí. Me mareaba y comencé a tambalearme hasta que perdí la consciencia y caí a plomo en el suelo. Todo se hizo oscuridad. Como si de una ensoñación se tratara, acudían a mi cabeza extrañas imágenes y sonidos. Sentía como si alguien o algo quisiera comunicarse conmigo, pero de una forma ininteligible para mí. La cabeza parecía que me iba a estallar. Imágenes de figuras extrañas se mezclaban con la de mi perro, de manera inconexa y sin sentido. Me gritaban cosas que no entendía, pero no advertía intenciones dañinas. Más bien parecían implorar mi ayuda, de forma desesperada, pero no podía entender sus mensajes, o lo que diablos fuera aquello; una especie de mezcolanza entre voces extrañas y ladridos...

Por fin desperté, abrí los ojos y vi que estaba tendido en el suelo, con la cara pegada a la tierra. Todo parecía estar en calma y la cabeza apenas me dolía ya. Lo primero que pensé fue que habría sufrido un síncope, tal vez provocado por el calor, y que había tenido alucinaciones mientras estaba inconsciente. Ya todo había pasado, me encontraba mejor. Con cierto esfuerzo logré incorporarme, pero lo que encontré ante mí provocó un nuevo sobresalto. Al parecer no se trataba de desvaríos, sino que todo estaba igual que antes de perder el sentido.

Del susto casi me vuelvo a caer contra el suelo. Aslan, mi perro, seguía sentado en el mismo lugar donde recordaba haberlo visto por última vez, antes del desmayo. Mirándome. Y yo que pensaba que todo había sido una especie de pesadilla… Pues estaba equivocado. El animal seguía manteniendo aquella actitud que no parecía propia de un perro, no al menos del mío. Empecé a tener miedo. Me arrastré hacia atrás, hasta encontrar la pared del almacén, donde se guardaban aperos de labranza y demás trastos viejos. Apoyándome en la tapia de la caseta, logré ponerme en pie, junto a la puerta. Aslan me siguió y volvió a pararse frente a mí. Nunca mi perro me había dado motivos para tenerle miedo, pero ahora lo tenía, a pesar de que su actitud no era agresiva; todo lo contrario, jamás lo había visto tan apacible y atento hacia mi persona. No era temor hacia mi perro, sino recelo de una situación que parecía irreal, sacada de alguna película de suspense o terror. De manera instintiva cogí un gran azadón, que tenía junto a la puerta y lo coloqué a mi lado, para tenerlo a mano si la situación lo requería. El perro desvió su mirada hacia la herramienta en cuestión y, tras observarla unos segundos, volvió a mirarme a los ojos.

No sabía qué hacer, estaba paralizado. Entonces se me ocurrió ponerme a andar, a ver qué pasaba. Tomé el azadón y comencé a caminar, alejándome de la caseta, sin mirar atrás. Avancé unos veinte metros y di media vuelta. El mastín me había seguido con la mirada, sin perder detalle, pero no se había movido. Entonces lo llamé.

—¡Aslan, ven, vamos!

También acompañé con el gesto típico de mano para llamar a alguien. Y el perro vino a mí inmediatamente, con su trote característico de siempre, movimiento de cola incluido. Lo acaricié en la zona de la papada y no reaccionó de manera extraña, mientras se volvía a sentar frente a mí. Miré a mi alrededor y cogí del suelo un palo, lo lancé todo lo lejos que pude, para ver qué hacía mi perro.

—¡Aslan, busca!

Lo normal es que hubiera salido corriendo, con su trote desgarbado y potente a la vez, para coger el palo que yo había lanzado. Aunque rara vez me lo traía de vuelta, eso no viene al caso ahora… Pero no. No se movió de su sitio. Se limitó a seguir con la mirada el trayecto del improvisado proyectil, hasta que se perdió entre la hierba al caer. Y de nuevo volvió a mirarme a mí.

—¡Vamos, busca! —insistí sin éxito.

Lo que ocurrió a continuación, aunque ya han pasado muchos años, lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Fue algo que se podría calificar como terrorífico y fascinante a la vez. Júdguenlo ustedes.

Volví a notar el dolor de cabeza que ya antes había sentido y empecé a escuchar voces en mi cabeza, extrañas e ininteligibles al principio, pero poco a poco se fueron haciendo claras y precisas. Me apoyé en el astil del azadón, para no caer de nuevo, porque mis piernas empezaron a temblar. Volvía a sentirme mareado y, sobre todo, aterrado, cuando escuche en mi cabeza una voz, profunda y cavernosa que me decía algo parecido a esto: “No soy lo que parezco. Controlo este cuerpo, pero no soy lo que parezco”.

La voz repetía muchas veces las mismas frases, expresadas de formas diferentes, como si buscara la mejor manera de hacerse entender. Sólo se escuchaba en mi dolorida cabeza, no era emitida por nadie a mi alrededor. Pero empecé a tener claro el origen de la misma, por descabellado que pudiera resultar. ¡Era mi perro el que me estaba hablando con la mente!

Los grandes belfos de Aslan no se movían; él no pronunciaba las palabras con su boca, sino que estaba comunicándose conmigo a través de una especie de telepatía, por medio de la mente. Una vez inició su monólogo, no paraba de transmitirme ideas y frases, no siempre bien construidas desde un punto de vista gramatical, pero al ser repetidas varias veces, de maneras distintas, lograba entender su significado.

La traducción de lo que llegaba a mi cabeza podría ser expresada como expongo a continuación: “Siento causarte daño, dolor. No soy esto que ves, soy otra cosa. Otro ser que controla a este. Necesitaba un cuerpo material de aquí; un cuerpo de este mundo. Vengo de otro sitio, de muy abajo. Un sitio profundo, oscuro. No me gusta este cuerpo, me equivoqué. Ya no puedo cambiar, necesito ayuda. Es un cuerpo fuerte, pero no me sirve. Ahora comprendo que me equivoqué. Tú eres mejor, me equivoqué. Necesito ayuda…”

Al escuchar esto último, me aparté del animal, sin soltar la azada. Me estaba diciendo que me tenía que haber elegido a mí en vez de a mi perro. No podía controlar el temblor de mis piernas. Aquello no podía estar sucediendo, sencillamente era imposible. Esas cosas no pasan, ¡no pueden pasar! A duras penas intentaba aclarar mis ideas; el dolor de cabeza, la ingente cantidad de mensajes que no paraba de recibir… ¿Acaso me estaba trastornando o tal vez ya era un loco de atar?

Entonces hice gestos con las manos para que cesara de hablarme.

—¡Para, para, por favor! ¡Stop!   

   El perro, o lo que fuera aquello que parecía mi mastín, pero no se comportaba como si lo fuera, me hizo caso y se hizo el silencio en mi cabeza.

—¿Entiendes lo que te digo? Si me entiendes, dame la pata.

Me incliné y extendí mi mano (la que tenía libre, ya que el azadón no lo soltaba ni a tiros) hacia Aslan, esperando su pata, como tantas otras veces. Era de las pocas cosas que había logrado enseñar a ese cabezota perruno. Y así me quedé, mientras escuchaba un “sí, te entiendo”. Por supuesto no me ofreció su pata. Recogí la mano, sintiéndome un tanto ridículo. Creo que hasta llegué a sonreír por la situación tan absurda.

—¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas? —se me ocurrió preguntar.

“Abajo, vengo de muy abajo. Un sitio profundo”, escuché en mi cabeza.

Entonces el perro se dirigió, parsimonioso, hacia el pozo y se sentó junto al brocal. Y me miró.

—¿Vienes del pozo? —pregunté.

“Pozo, abajo. Muy profundo”, escuché.

“Aslan. Creo que me llamo Aslan”, añadió. Pensé que no me habría entendido bien, o que de allí de donde viniera, tal vez no tenían nombre, o simplemente me indicó el nombre por el que yo le había llamado.

Nunca jamás había bajado al pozo. En su momento, hace más de cuarenta años, recuerdo a unos albañiles allí abajo, colocando unos anillos que previamente habían construido con ladrillos. A mi padre lo había visto bajar alguna vez, para limpiar, cuando el nivel de agua bajaba. Pero a mí nunca se me ocurrió, a pesar de una especie de escalera, con peldaños de hierro, insertados en la pared vertical, que facilitaba la bajada. Pues bien, sin pensármelo dos veces, levanté la tapadera del brocal (esta vez la otra mitad) y me dispuse a bajar hasta el fondo del pozo. Entonces reparé en el detalle del hueco en la costra de telarañas. Parecía estar claro que, de ser cierta la locura que estaba viviendo y no lo estaba soñando todo, la criatura que se apoderó del cuerpo de mi mastín, salió del pozo atravesando las telarañas que cubrían la totalidad de la boca del pozo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, a pesar del calor sofocante. ¿Qué tipo de criatura sería? Eso de apoderarse del cuerpo de los demás sólo pasa en las películas de alienígenas, pensé… ¿Era, entonces, un alienígena el que controlaba el cuerpo de mi perro? ¿Por qué debía creer a la voz que resonaba en mi cabeza? Era todo tan disparatado, y me dolía tanto la cabeza, que me resultaba imposible poder aclarar las ideas. Allí, a mi lado, se encontraba Aslan, con un comportamiento diferente al suyo habitual y por si fuera poco, se estaba comunicando conmigo a través de la mente… Si no me encontraba trastornado ya, lo cierto es que parecía tener sentido que el pozo tuviera algo que ver con todo esto. De hecho, el primer contratiempo de aquella tarde de locos fue que no salía agua, al poner en marcha el motor de la bomba, algo que nunca antes me había ocurrido.

Una vez comprobado que llevaba mi teléfono móvil en el bolsillo trasero del pantalón (podía resultarme de utilidad la aplicación de linterna una vez abajo), dejé la azada apoyada en el pretil y empecé, con mucho cuidado, más bien miedo, a bajar hacia el fondo del pozo. Otra sacudida me hizo temblar de nuevo. Ya no recuerdo bien si se debió a la sensible bajada de la temperatura o al estado de alarma en el que me encontraba desde hacía un buen rato. Notaba una ligera corriente de aire que refrescaba mi cuerpo, empapado por el sudor. El pozo no era especialmente profundo, no más de siete u ocho metros, por lo que pronto toqué fondo. Apoyé los pies en unos huecos del primer anillo y observé que había una abertura en el mismo, de forma más o menos redondeada, aunque no perfecta. Se trataba de un agujero en la pared de ladrillo de la estructura, seguramente conseguido por un impacto suficiente para romperla y atravesarla. El boquete era, aproximadamente, de medio metro de diámetro y al otro lado sólo se veía oscuridad. Oscuridad y frío. Me acerqué, con mucho cuidado de no resbalar, para poder verlo mejor. Efectivamente, tal y como me pareció, la pared del anillo del pozo había sido perforada, bruscamente, desde el otro lado.

Aunque el tembleque de piernas volvía a hacer acto de presencia, ya que había bajado hasta allí, tenía que intentar descubrir lo que pudiera haber tras la abertura, si es que realmente había algo. Así que metí la cabeza y, aparte de una oscuridad absoluta, sólo pude percibir una ligera corriente de aire fresco y húmedo. Tomé el teléfono móvil y encendí la linterna; dirigí el haz de luz hacia el interior de la negra cavidad y entonces pude observar ante mí lo que a continuación describiré. Juro que no era un sueño, ya que no desperté a continuación; ni me encontraba afectado por los efectos del alcohol (a pesar del calor, aún no me había tomado una sola cerveza esa tarde). Quedé tan impresionado por lo que apareció ante mí, que a duras penas logré llegar a la conclusión de que aquello podría confirmar todo lo anunciado por el ser que hablaba a través de mi perro.

Se trataba de una especie de túnel, corredor o pasadizo subterráneo, sin ningún tipo de estructura artificial que lo sujetara, para no hundirse. Tenía forma cilíndrica, con un diámetro de algo más de un metro, y las paredes eran de roca y tierra. Del olor que desprendía, se podría llegar a la conclusión de que el túnel había sido excavado recientemente. El suelo estaba embarrado, con bastantes charcos, pero no había corriente de agua. Allí, a unos metros de distancia desde donde yo observaba, atónito, pude apreciar una especie de… ¿cómo definirlo? ¿a qué podía parecerse más, de lo que había visto en mi vida hasta ese momento? Era un medio de transporte, de eso no cabía la menor duda. Entre un bólido, de esos de la Formula 1 de hace muchos años y un zepelín; con forma de huso y un tamaño más bien pequeño. Parecía metálico, de color gris, a pesar de la suciedad que lo cubría. No creo que llegara a los dos metros de largo y por su parte más ancha tendría un diámetro de unos ochenta o noventa centímetros de grosor. No tenía ruedas. En su lugar había una especie de cadenas, como las de los tanques militares. Y en la parte frontal, un curioso artefacto que, dentro de mis escasos, más bien nulos, conocimientos de este tipo de maquinaria, parecía dedicado a excavar, a modo de tuneladora.

Estiré mi brazo todo lo que pude, para poder iluminar con la linterna aquella suerte de nave espacial subterránea, pero la anchura de mis hombros no daba para pasar con holgura a través del hueco y temí quedar encajado. Por ello, mi visión de lo que fuera aquello que tenía ante mí, no resultó todo lo clarificadora que me hubiera gustado. Aparte del único ángulo de visión del que disponía, el vehículo en cuestión estaba muy manchado de tierra y barro… Pero sí pude apreciar que no disponía de ventana alguna, ni frontal ni lateral… Muchos paisajes no se iban a poder disfrutar en una ruta por el mundo subterráneo, ¿para qué ventanas?, dije para mí.

En ese momento se me ocurrió la idea de hacerle una foto al excepcional vehículo, o lo que demonios fuera aquello. Así nadie podría llamarme loco cuando lo contara todo. Sólo disponía de una mano para manejar el teléfono. Por el hueco había logrado meter un brazo y, a duras penas, la cabeza, para poder ver mejor aquella asombrosa aparición. Así que, con mucho cuidado apagué la linterna y accioné la cámara de fotos. Al girar el móvil entre mis dedos, para encuadrar mejor la imagen que pretendía inmortalizar para la humanidad, noté cómo resbalaba y se me iba de la mano. Fue un acto reflejo, súbito, una décima de segundo, una reacción rápida, ágil… el caso es que logré cogerlo en el aire, antes de que se perdiera por un oscuro resquicio, justo debajo de mi brazo, cuyo fondo desconocía hasta dónde podría llegar. Logré reponerme del susto y saqué del agujero, para tranquilizarme, tanto el brazo como la cabeza. Guardé por un momento el teléfono en el bolsillo. Toqué mi oreja izquierda y vi que sangraba. El brusco movimiento para recuperar el móvil que caía, hizo que me rozara con fuerza contra el borde irregular del boquete y me lastimé esa parte de la cabeza. No quise mirar si tenía más heridas, aunque notaba un hilillo de sangre correr por la mejilla. Eso no era lo importante ahora. Moví el cuello a ambos lados, para desentumecerlo. Durante los minutos que había estado prácticamente colgado de aquel boquete, la posición había resultado tan forzada que sentía un fuerte dolor en la articulación del hombro y la zona cervical. Pero eso tampoco importaba. Limpié como pude la sangre y el sudor con la camiseta, ya de por sí, empapada, y me dispuse de nuevo a introducir el brazo y mi lastimada cabeza, oreja ensangrentada incluida, por la abertura. Esta vez tenía preparado el móvil, con la cámara y en la posición adecuada. Ya no tendría que hacer movimientos de malabarista con él. Tampoco podía entretenerme, ya que la batería se agotaba.

Enfoqué a la oscuridad y disparé. Por suerte aún pudo saltar el flash. Una, dos, hasta tres fotos le hice. Giré la muñeca, eché un vistazo y vi que estaban perfectas. El objetivo estaba cumplido. Un sentimiento de regocijo, por el logro de un propósito, compensó todos mis dolores. Saqué, con más cuidado que nunca, la cabeza y el brazo de allí y en el último suspiro, cuando ya salía la mano, agarrando el teléfono como tal vez nunca había agarrado nada en mi vida, se escuchó un ladrido atronador, justo encima de mí, retumbando entre las paredes del pozo, como si del rugido más terrorífico del monstruo más monstruoso se tratara. El sobresalto fue mayúsculo, el corazón casi salió de mi pecho y mi mano golpeó contra un pico del borde del agujero, dejando caer el teléfono hacia la grieta sin fondo y sin esperanzas.  Esta vez no sirvió de nada mi esfuerzo por volver a cogerlo. Cayó al vacío sin remisión. Peor aún que al vacío, pues escuché cómo chapoteó en el agua, varios metros más abajo.

Nunca sabré si el ladrido fue a propósito, con el fin de que no pudiera obtener prueba alguna del hallazgo, o simplemente el perro sintió la repentina necesidad de ladrar en el momento más delicado de una operación, que quién sabe si podría haber cambiado el rumbo de nuestra civilización moderna.

Salí del pozo sangrando (en el segundo intento por recuperar el móvil, me golpeé en la frente, aún más fuerte que la primera vez), empapado en sudor, dolorido y, sobre todo, hundido por la impotencia de haber estado a punto de lograr con éxito una gran hazaña y quedarme a las puertas, cuando estaba al alcance de mi mano… Nunca una expresión tan manida fue tan acertada.

Aslan me esperaba, como si la cosa no fuera con él, sentado junto al pretil del pozo. Me miraba fijamente y yo a él. No sabía si me encontraba frente a mi bonachón y testarudo mastín o frente a un enemigo, venido de no sé dónde y capaz de apoderarse del cuerpo de los demás. Aun así, deseche volver a coger el azadón. Me sentía derrotado, sometido a su voluntad y no sabía que decir o qué hacer. Entonces volví a escuchar esa voz cavernosa en mi cabeza.

“Ya lo has visto. ¿Ahora me crees? Yo no te miento. Necesito ayuda”.

—¿Y por qué te voy a ayudar? —contesté, airado— Apareces en mi huerto, me dejas sin agua en el pozo y te metes en el cuerpo de mi perro… Y además me dices que vienes de las profundidades… No sé si eres malo o bueno, enemigo o amigo. No sé ni lo que eres… ¿Por qué tengo que ayudarte?

“No malo. No enemigo —contestó la voz—. Muy difícil explicar. No puedo contar todo. No puedo contar por tu bien. No debes saber más. Necesito ayuda, muy fácil. Sólo dejarme marchar de aquí.”

—¿Dejarte marchar? ¿Y vas a dejar eso ahí? —señalé hacia el pozo con el dedo— Dime de dónde vienes y quién eres y te ayudaré.

“¿Si te cuento de dónde vengo me dejarás marchar?”

—Sí. Puedes confiar en mí.

“Ya te he dicho. Vengo de muy abajo, muy profundo…”

—¿Muy profundo de qué, de dónde? —interrumpí.

“Muy profundo de este planeta. Vosotros lo llamáis Tierra. Yo y los que son como yo vivimos allí desde hace mucho tiempo. Más tiempo que vosotros aquí. Llegamos antes a la Tierra.”

Yo escuchaba sin alarmarme. Tras lo que estaba viviendo desde hacía un rato, me esperaba algo así, la verdad, por muy disparatado que parezca.

—¿Y no sabe nadie de vuestra existencia? ¿Nadie sabe que estáis allí abajo desde siempre?

“Algunos humanos si saben. Los que mandan en el planeta. Mantienen el secreto. No pueden saberlo todos, ahora no…. Otros tiempos, sí. Sí sabían y nos conocían. Otros tiempos. Ahora no.”

Quedé en silencio un momento, intentando encontrar sentido a sus palabras. Y tal vez lo tenían. Tal vez tenían mucho sentido…

“¿Crees lo que digo? ¿Me dejarás marchar?

—Y qué saco yo no creyéndote —me dije a mí mismo, en voz alta, más que contestándolo a él, ello o lo que fuera. Como cuando hablas con tu perro, que realmente estás hablando contigo mismo, pero en voz alta. Bueno, el caso es que estaba hablando con un perro, pero en este caso sí me podía entender… bueno, esto se está complicando… sigamos— Sí, te creo. ¿Pero para qué quieres irte de aquí, si tienes tu nave allá abajo?

“Necesito encontrar alguien de los míos fuera de aquí. Él me ayudará a volver a mi forma, para poder marcharme. Pronto podré marcharme.”

—Entonces, ¿hay más como tú aquí arriba, cerca de este sitio?

“Sí, hay más como yo. Pero no con esta forma de perro. Ha sido un error elegirlo a él. Ha sido un error venir aquí. Me equivoqué, mi destino era otro… Soy tonto. He sido torpe. Lo siento. Tengo que solucionarlo, para poder volver. Así no puedo”.

—¿Y qué pasará con mi perro? ¿Qué será de Aslan, cuando abandones su cuerpo?

“No sé con seguridad. Es la primera vez que hago esto. Mi… amigo lo sabrá. Él sabe más que yo. Tiene un nivel superior al mío. Es más perfecto que yo.”

—¿Más perfecto? ¿qué es eso de ser más perfecto? —Le dije, aunque me preocupaba más lo que le pudiera ocurrir a mi mastín…

“No te preocupes por Aslan —parecía que estaba leyendo mis pensamientos—. Mi amigo hará lo que pueda por salvarlo. Él es… él es de la élite. Nosotros vivimos mucho más tiempo que los humanos. Desde que nacemos, vamos pasando por diferentes niveles de perfección. Vamos evolucionando. Vamos perfeccionándonos. Yo, nivel bajo. Él, muy alto…”

Quedé en silencio, asimilando lo que aquel ser me decía con su mente. Por un momento pensé lo realmente fascinante que podría resultar la información que me estaba dando. Seres que vivían en nuestro mismo planeta y de los que nada sabíamos, al menos la mayoría. Era algo asombroso. Resulta que éste, que según decía él mismo, era de nivel bajo, comparado con otros de su especie, había podido meterse en el cuerpo de un perro, dominando su cerebro y comunicándose conmigo a través de la mente… Algo de lo que los humanos estamos muy lejos, o sencillamente resulta inalcanzable para nosotros. ¿De qué podrían llegar a ser capaces los de un nivel superior? ¿Qué grado de capacidad tan avanzado podría alcanzar su mente, según fueran perfeccionándose?

Entonces la voz volvió a interrumpir mis pensamientos.

“Tengo que irme. Necesito salir de aquí… No puedo esperar más. Por favor. Hay una larga caminata hasta mi amigo”.

Se me ocurrió una idea. Ahora no pensaba más que en seguir hablando con ese ser, saber más de él, de su mundo, de sus portentosas habilidades.

—Si el sitio al que debes acudir está lejos, puedo llevarte en coche hasta donde me digas…

“No puede ser. Debo ir solo. Te agradezco, pero no puede ser. Tengo que irme ya”.

Sospechaba que esa iba a ser su contestación, pero tenía que intentarlo. Algo dentro de mí tenía muy claro que debía ayudarlo. La casualidad o el destino habían propiciado este encuentro. Un encuentro insólito entre un humano y un… ¿cómo calificarlo? No era extraterrestre, porque vivía en la Tierra, y desde mucho antes que el hombre, según me decía. Pero sí era un ser diferente a lo que conocemos, un ser con una capacidad mental maravillosa, seguramente mucho más avanzado que nosotros en muchas cosas, pero que ahora dependía de mí para poder sobrevivir. Tal vez un error de cálculo o una torpeza, según sus propias palabras, lo llevaron hasta mi parcela y allí adoptó el cuerpo de mi perro, que ahora lo limitaba en su movilidad y le impedía regresar sin la ayuda de un congénere superior. Y necesitaba mi ayuda; dependía de mí. No podía negársela, no quería negársela.

—¿Y si no encontraras a tu amigo?

“Moriría en poco tiempo… Pero lo encontraré. Sé dónde debo ir. Él ya me está esperando.”

Comprendí que no había más que hablar. Me dirigí hacia la puerta de la valla exterior de la parcela. Aslan, o quien decidía por él, me seguía, con la misma tranquilidad de la que había hecho gala durante nuestra breve pero intensa relación. Descorrí el cerrojo y abrí el portón, echándome hacia un lado. El perro me miró a los ojos por última vez y ladró. Fue un único ladrido. Un ladrido que a mí me pareció de agradecimiento, de amistad, incluso de amor. Un ladrido de despedida.

Salió andando, con parsimonia casi, pero al poco inició la carrera y la mantuvo a buen ritmo hasta que lo perdí de vista. No pude evitar que alguna lágrima resbalara por mi mejilla y se perdiera en la tierra del que fue el hogar de aquel peludo cabezón y desobediente, cuyo recuerdo siempre vivirá en algún rincón de mi corazón.

No volví a verlo nunca más. Al día siguiente ya había agua en el pozo, por lo que deduje que todo salió bien para el ser subterráneo. A pesar de dejar la puerta abierta durante unos días, Aslan no regresó. En casa dije que se había escapado y que estaría viviendo una nueva vida en la naturaleza. Mis hijos se pusieron muy tristes por su marcha, pero se animaron imaginándolo tal vez en el bosque, con una nueva manada, de la que él sería el jefe; acaso con una compañera, con cachorros… La imaginación infantil suele dulcificarlo todo. En este caso, agradecí enormemente su comprensión. Me ayudó mucho a sobrellevarlo.

Tampoco le conté la verdad a mi esposa. Nadie, ni siquiera la persona con quien se comparte la vida, podría creer una historia como esta. Hay que reconocer que más bien parece el resultado de un cable mal cruzado en la cabeza de quien la pueda contar… 

Pero ahora, que ya han pasado unos cuantos años desde la asombrosa experiencia, me da igual lo que se pueda pensar de mi lucidez mental. He sentido la necesidad de contarlo todo, tal y como ocurrió. No quería que, con el paso de los años, se fuera perdiendo de mi memoria y terminara en el olvido. No. Deseaba compartirla, en este papel, con quien la quiera leer. Así, narrada a modo de cuento, nadie me tachará de loco. Podrá ser tenida como una historia de ficción más; alguien incluso dirá aquello de “qué imaginación tiene este Antonio”, o comentarios similares…

Pero nadie más que yo sabe lo que realmente ocurrió aquel caluroso día de verano.

                                                                                                      

Fin







Un relato de Antonio Torres Ortega.













En Azuqueca de Henares.

Marzo de 2020 (cuando lo del coronavirus)


lunes, 10 de febrero de 2020

Lady Almu


Érase una vez, en un lugar muy muy cercano, una chiquilla que soñaba con ser princesa.

Los que la rodeaban, aunque la quisieran con toda su alma, no daban un duro por que la muchacha llegara a cumplir su sueño algún día. Seamos francos, no todos podemos llegar a ser príncipes o princesas, y las circunstancias que rodeaban a la joven en cuestión, no facilitaban mucho las cosas.

Pero la niña, terca y voluntariosa como ella sola, decidió que los sueños se pueden lograr y que la magia existe de verdad. Entonces, para asombro de allegados y extraños, empezó a sortear barreras, una detrás de otra. Lo cierto es que para los que ya la iban conociendo, el asombro no era tal, ya que la jovencita prometía maneras y no parecía estar muy dispuesta a conformarse con el destino designado de antemano para ella.

Con mucho tesón y valentía (mucha, pero que mucha valentía, casi tozudez), comenzó a ir cumpliendo sus sueños y a la par que lo conseguía, iba haciéndose un hueco en el corazón de todo aquel que la rodeaba, por su descomunal coraje, ganas de vivir y disfrutar con los demás y, sobre todo, por ese irrefrenable afán de no echarse nunca para atrás.

A base de empeño y de una bravura inversamente proporcional al tamaño de su pequeño cuerpo, logró metas que nadie (que no la conociera, claro) hubiera imaginado nunca. De esta manera, la muchacha, que por cierto aún no había dicho que se llamaba Almudena (Almu para los amigos), empezó a convertirse en lo que desde pequeña deseaba ser y encontró a su príncipe y se casó con él en el palacio mejor del reino. Ni los más ancianos del lugar recuerdan una boda igual. El glamur, la elegancia y, sobre todo, la felicidad, se desbordaron a raudales en tan memorable cita.

Almu había logrado ser princesa en aquel reino muy muy cercano. Porque quiso y porque nunca se rindió. Porque lo merecía como nadie. Porque la magia existe… Soñó con ser algún día princesa y lo consiguió. Muchos son los que sueñan con ello, pero pocos son los que lo consiguen.

Y para ser felices y comer… (ya se sabe a lo que obliga la tradicional rima, pero en estos tiempos cada cuál es libre de buscar la felicidad comiendo lo que le venga en gana) la princesa Almu y su príncipe, llamado Fermín, se fueron a vivir a un castillo, desde cuyas almenas, se podía disfrutar de los más bellos amaneceres del reino y las lunas más brillantes y espectaculares. Allí organizaría las mejores fiestas que se podían ver en el reino, para deleite de los invitados. Pocas cosas resultaban más apasionantes para la princesa que sorprender a los demás con detalles de buen gusto y refinado glamur.

Muy pocos saben sacar provecho de la vida como nuestra jovencita que llegó a ser princesa, pero el destino, a veces injusto como la vida misma, le tenía reservada una cruel sorpresa.

Como si los ángeles del cielo le hubieran tenido envidia, igual que a la hermosa Annabel Lee en el poema del gran Edgar Allan Poe, un viento partió de una oscura nube una fría noche de diciembre, para helar el corazón de nuestra princesa y poner fin a este cuento…

Los lugareños del reino muy muy cercano lloramos la pérdida de tan querida princesa. Pero siempre quedarán en nuestro corazón su sonrisa, su copa de vino y su muleta…   

 

Un cuento de Antonio Torres

En memoria de mi querida amiga Almu.

Azuqueca de Henares, a 10 de febrero de 2020.




 

jueves, 6 de febrero de 2020

Un día especial


 

Otro día más, de camino a Madrid. La misma rutina de siempre, madrugando sin tregua para trabajar. Línea C2 de Cercanías, aún de noche.

Como cada mañana, se ven las mismas caras, con alguna ausencia y alguna novedad. Es lo de todos los días.

Esa parejita de hermanos (deben serlo porque se parecen muchísimo), que van al colegio fuera de su ciudad. Mochilas cargadas de libros y caras alegres y sonrientes, mucho más que la mayoría de las que se ven en el andén a esas horas tempranas. El niño aún viste uniforme, pero ella parece orgullosa de no tener que llevarlo ya (lo llevaba hasta el año pasado) porque es mayor, al menos más que su hermano. Habrá empezado la ESO y, a pesar de seguir siendo una niña, parece verse a sí misma como una mujercita que ya no tiene que llevar el uniforme de los pequeños, que cuida de su hermanito y que tiene teléfono móvil, que no para de mirar, entre risas, disfrutando de esa preadolescencia de color de rosa.

Ahí está la rubia teñida que no deja de hablar, como todos los días, a la señora morena, alta, de origen rumano, que no hace otra cosa que escucharla, asentir con la cabeza y, de vez en cuando, hacer algún breve comentario. La rubia parece estar siempre indignada con algo. Últimamente se ensaña de manera especial con el que ha sido su esposo hasta hace poco. Su ex, como ella lo nombra, tal vez para no mencionar siquiera su nombre, no para de hacer todo lo posible para fastidiarla y hacerla infeliz, según dice. Aunque la verdad es que la rubia nunca ha parecido ser feliz. Siempre se muestra malhumorada; nunca la he visto sonreír. Y yo me pregunto, ¿cómo fue tan tonta para casarse con un hombre que resulta que es tan malvado y tan gilipollas?

Llevo unos días sin ver a un señor muy alto, con gran barriga y con mochila al hombro. Pelo muy negro, peinado hacia atrás y gesto adusto. Solía charlar, con su grave vozarrón, en el andén, con un hombre de rasgos sudamericanos, mucho más bajo que él. Conversaciones triviales, pero amables, sobre el tiempo, la rutina del trabajo o los políticos… Pero ya hace un tiempo que no lo veo. Supongo que habrá cambiado de trabajo, a otro mejor, en el que pueda ir en coche o andando. Sí, debe ser eso, un nuevo trabajo cerca de casa. Por eso ya no tiene que coger el tren…

Aquí llega el calvito con gafas que siempre intenta sentarse en el mismo sitio todos los días. No siempre lo logra, ya que sube en la segunda estación. Va solo y no habla con nadie, acaso un gracias o un perdón al entrar o salir de su asiento, entre los demás pasajeros. Ya nadie habla con nadie. Antes, hace tiempo, se saludaba a todo el mundo. Se entablaba conversación con los desconocidos que se sentaran enfrente, hasta que se bajaran en su estación de destino. Pero de eso ya hace tanto… Ahora cada uno va a lo suyo, inmerso en sus pensamientos, sus problemas, su libro o su móvil. El señor calvo con gafas es un pasajero como tantos otros calvos con gafas. Uno más entre un millón; tan normal como cualquiera de los demás viajeros; tan especial como el más especial de ellos, quién sabe si más. Su semblante serio a veces se ve interrumpido con alguna sonrisa que ilumina su rostro y le hace parecer otra persona distinta, supongo que por algo que escucha en la radio o lee en su libro… o tal vez algo que imagina su mente y le provoca esa expresión o le trae a la memoria algún grato recuerdo. A mí me parece que ese hombre suele estar en un mundo diferente al que encierran las paredes del vagón cada mañana. Le gusta mirar por la ventana para observar el cielo cuando empiezan a despuntar los primeros rayos de luz, especialmente si los amaneceres son rojizos y desgarrados, poniendo una nota de color al paisaje gris y feo de las zonas industriales del recorrido.

Otra que siempre se sienta en el mismo lugar, del mismo vagón, es la señora que suele ir vestida de chándal. Sube al tren en la primera estación y no hay quien le quite el sitio. Tiene esa edad que hace dudar entre llamarla chica o señora… Suele llevar el pelo desarreglado y la cara, poco expresiva, ni guapa ni fea, siempre sin maquillar. Nunca he escuchado su voz. Para mí que es maestra de gimnasia, o educación física, como dicen ahora…    

No muy lejos de allí, el tipo que siempre va durmiendo. Es un profesional. Se cala hasta la nariz un gorro de lana, sea invierno o verano, y ale, a continuar con la relajante actividad que ha tenido que interrumpir un momento antes. No parece tener problema alguno en conciliar el sueño. Es sentarse, acomodarse, colocarse el gorrito, cabeza apoyada en el cristal de la ventana y a dormir, boca abierta incluida y babilla resbalando mentón abajo las más de las veces. También algún que otro ronquido de vez en cuando, pero nada le hace interrumpir su cabezada. Eso sí, justo antes de llegar a Atocha, el tío se despierta, como un reloj. Nunca he llegado a escuchar la alarma, pero sospecho que ese es el secreto de que nunca duerma más de la cuenta y se pase de estación…

 

Y así decenas, cientos, miles de viajeros, de acompañantes, de compañeros, de amigos. Cada uno de todos ellos van subiendo y bajando en las diferentes estaciones del trayecto. Sólo unos pocos llegamos hasta el final del recorrido. Parece un día más, pero no lo es. Es un día especial, al menos para mí. Hoy es mi último día de trabajo. Mañana no volveré a ver las caras que veo todos los días; no voy a escuchar las distintas conversaciones, ni soportar los apretones, discusiones, pisotones… Los echaré de menos a todos para siempre, pero nadie me echará en falta a mí. Otro mejor que yo hará mi trabajo a partir de mañana. Otro más nuevo, más limpio, con los cristales sin rayar. Otro que no tendrá averías tan a menudo… Un nuevo tren se encargará de llevar a su destino a todos mis amigos de tanto tiempo. Nadie se acordará ya del viejo cercanías que durante tantos años los llevó y los trajo, con sus grafitis, sus asientos sucios de tanto poner los pies, sus achaques, más numerosos de lo deseado en los últimos tiempos, pero con tanta vida dentro. Desde mañana quedaré vacío y solo. Prefiero no pensar cuál será mi destino. Tal vez, si tengo suerte, me oxidaré en silencio en un hangar, parado para siempre…     

 

 

 

 

 

Un relato de Antonio Torres.

 

 

 

Azuqueca de Henares, a 05 de febrero de 2020.