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jueves, 6 de febrero de 2020

Un día especial


 

Otro día más, de camino a Madrid. La misma rutina de siempre, madrugando sin tregua para trabajar. Línea C2 de Cercanías, aún de noche.

Como cada mañana, se ven las mismas caras, con alguna ausencia y alguna novedad. Es lo de todos los días.

Esa parejita de hermanos (deben serlo porque se parecen muchísimo), que van al colegio fuera de su ciudad. Mochilas cargadas de libros y caras alegres y sonrientes, mucho más que la mayoría de las que se ven en el andén a esas horas tempranas. El niño aún viste uniforme, pero ella parece orgullosa de no tener que llevarlo ya (lo llevaba hasta el año pasado) porque es mayor, al menos más que su hermano. Habrá empezado la ESO y, a pesar de seguir siendo una niña, parece verse a sí misma como una mujercita que ya no tiene que llevar el uniforme de los pequeños, que cuida de su hermanito y que tiene teléfono móvil, que no para de mirar, entre risas, disfrutando de esa preadolescencia de color de rosa.

Ahí está la rubia teñida que no deja de hablar, como todos los días, a la señora morena, alta, de origen rumano, que no hace otra cosa que escucharla, asentir con la cabeza y, de vez en cuando, hacer algún breve comentario. La rubia parece estar siempre indignada con algo. Últimamente se ensaña de manera especial con el que ha sido su esposo hasta hace poco. Su ex, como ella lo nombra, tal vez para no mencionar siquiera su nombre, no para de hacer todo lo posible para fastidiarla y hacerla infeliz, según dice. Aunque la verdad es que la rubia nunca ha parecido ser feliz. Siempre se muestra malhumorada; nunca la he visto sonreír. Y yo me pregunto, ¿cómo fue tan tonta para casarse con un hombre que resulta que es tan malvado y tan gilipollas?

Llevo unos días sin ver a un señor muy alto, con gran barriga y con mochila al hombro. Pelo muy negro, peinado hacia atrás y gesto adusto. Solía charlar, con su grave vozarrón, en el andén, con un hombre de rasgos sudamericanos, mucho más bajo que él. Conversaciones triviales, pero amables, sobre el tiempo, la rutina del trabajo o los políticos… Pero ya hace un tiempo que no lo veo. Supongo que habrá cambiado de trabajo, a otro mejor, en el que pueda ir en coche o andando. Sí, debe ser eso, un nuevo trabajo cerca de casa. Por eso ya no tiene que coger el tren…

Aquí llega el calvito con gafas que siempre intenta sentarse en el mismo sitio todos los días. No siempre lo logra, ya que sube en la segunda estación. Va solo y no habla con nadie, acaso un gracias o un perdón al entrar o salir de su asiento, entre los demás pasajeros. Ya nadie habla con nadie. Antes, hace tiempo, se saludaba a todo el mundo. Se entablaba conversación con los desconocidos que se sentaran enfrente, hasta que se bajaran en su estación de destino. Pero de eso ya hace tanto… Ahora cada uno va a lo suyo, inmerso en sus pensamientos, sus problemas, su libro o su móvil. El señor calvo con gafas es un pasajero como tantos otros calvos con gafas. Uno más entre un millón; tan normal como cualquiera de los demás viajeros; tan especial como el más especial de ellos, quién sabe si más. Su semblante serio a veces se ve interrumpido con alguna sonrisa que ilumina su rostro y le hace parecer otra persona distinta, supongo que por algo que escucha en la radio o lee en su libro… o tal vez algo que imagina su mente y le provoca esa expresión o le trae a la memoria algún grato recuerdo. A mí me parece que ese hombre suele estar en un mundo diferente al que encierran las paredes del vagón cada mañana. Le gusta mirar por la ventana para observar el cielo cuando empiezan a despuntar los primeros rayos de luz, especialmente si los amaneceres son rojizos y desgarrados, poniendo una nota de color al paisaje gris y feo de las zonas industriales del recorrido.

Otra que siempre se sienta en el mismo lugar, del mismo vagón, es la señora que suele ir vestida de chándal. Sube al tren en la primera estación y no hay quien le quite el sitio. Tiene esa edad que hace dudar entre llamarla chica o señora… Suele llevar el pelo desarreglado y la cara, poco expresiva, ni guapa ni fea, siempre sin maquillar. Nunca he escuchado su voz. Para mí que es maestra de gimnasia, o educación física, como dicen ahora…    

No muy lejos de allí, el tipo que siempre va durmiendo. Es un profesional. Se cala hasta la nariz un gorro de lana, sea invierno o verano, y ale, a continuar con la relajante actividad que ha tenido que interrumpir un momento antes. No parece tener problema alguno en conciliar el sueño. Es sentarse, acomodarse, colocarse el gorrito, cabeza apoyada en el cristal de la ventana y a dormir, boca abierta incluida y babilla resbalando mentón abajo las más de las veces. También algún que otro ronquido de vez en cuando, pero nada le hace interrumpir su cabezada. Eso sí, justo antes de llegar a Atocha, el tío se despierta, como un reloj. Nunca he llegado a escuchar la alarma, pero sospecho que ese es el secreto de que nunca duerma más de la cuenta y se pase de estación…

 

Y así decenas, cientos, miles de viajeros, de acompañantes, de compañeros, de amigos. Cada uno de todos ellos van subiendo y bajando en las diferentes estaciones del trayecto. Sólo unos pocos llegamos hasta el final del recorrido. Parece un día más, pero no lo es. Es un día especial, al menos para mí. Hoy es mi último día de trabajo. Mañana no volveré a ver las caras que veo todos los días; no voy a escuchar las distintas conversaciones, ni soportar los apretones, discusiones, pisotones… Los echaré de menos a todos para siempre, pero nadie me echará en falta a mí. Otro mejor que yo hará mi trabajo a partir de mañana. Otro más nuevo, más limpio, con los cristales sin rayar. Otro que no tendrá averías tan a menudo… Un nuevo tren se encargará de llevar a su destino a todos mis amigos de tanto tiempo. Nadie se acordará ya del viejo cercanías que durante tantos años los llevó y los trajo, con sus grafitis, sus asientos sucios de tanto poner los pies, sus achaques, más numerosos de lo deseado en los últimos tiempos, pero con tanta vida dentro. Desde mañana quedaré vacío y solo. Prefiero no pensar cuál será mi destino. Tal vez, si tengo suerte, me oxidaré en silencio en un hangar, parado para siempre…     

 

 

 

 

 

Un relato de Antonio Torres.

 

 

 

Azuqueca de Henares, a 05 de febrero de 2020.

viernes, 19 de octubre de 2018

El Dragón Milenario




          Hace muchos muchos años, en una época en la que los hombres llegaron a conocer a los dragones, ocurrió una curiosa historia con un niño y un dragón, de los llamados “milenarios”, como protagonistas.

        El niño vivía en una pequeña aldea, cerca de las montañas, y pertenecía a una familia de aguerridos cazadores de dragones. Eran hombres valientes que se dedicaban a proteger a las pobres gentes indefensas de estas terribles bestias voladoras y escupidoras de fuego.

        Un día el niño salió a pasear por el campo, como era su costumbre, pero esta vez lo hizo solo. Tan absorto en sus pensamientos estaba que salió de su camino habitual sin darse cuenta y continuó andando sin rumbo definido durante un largo rato.

        De pronto se dio cuenta que durante las últimas horas había estado caminando por una pendiente que ascendía poco a poco pero sin descanso hacia las estribaciones de una enorme y escarpada montaña. El niño, un muchacho un poco distraído pero muy valiente, como el resto de su familia, no dudó en continuar con su caminata, a pesar de tratarse de un lugar desconocido para él. Tenía una corazonada; presentía que algo interesante le iba a ocurrir si seguía adelante.

        Sus pasos le llevaron hasta una gran gruta, que se abría en la piedra de la montaña. Se acercó hasta quedar justo enfrente de la enorme abertura, como si esperara ver algo allí.

        Al otro lado de la misteriosa grieta se escuchaba la respiración de algo o alguien que permanecía al acecho. Era un ser enorme, cubierto de gruesas escamas, con un largo cuello y una aún más interminable cola. Dos grandes alas descansaban plegadas sobre sus costados. Las garras de sus manos, negras como la noche, estaban afiladas como cuchillos, y las de sus pies eran del tamaño de un hombre.

        ¡Sí, amigos, era un dragón! Un descomunal dragón, de color rojo como la sangre, que observaba con atención los movimientos del niño, diminuto a su lado.

        ­­­­—¡Un cachorro humano! —se dijo el dragón— ¿habrá venido a buscarme para darme caza? No veo que venga armado y no parece muy temible, la verdad. Pero uno no puede fiarse de los hombres; son malvados y sólo quieren matarnos.

        El muchacho no podía imaginar lo que había al otro lado de la grieta. Sus antepasados habían exterminado a los últimos dragones de la región. Hacía muchos años que nada sabían de esas bestias por aquellos lugares. Pero tenía la sensación de que algo había al otro lado, quizá un oso…

        Se acercó más a la abertura y, ni corto ni corto ni perezoso, se introdujo por ella sin ningún miedo. La cueva estaba muy oscura y no se podía ver nada. El niño andaba muy despacio, con los brazos estirados hacia adelante, para no tropezar o chocarse con nada.

        El dragón no salía de su asombro al ver aquello: un cachorro humano que se aproximaba a él sin el más mínimo temor. No era normal. Los humanos siempre habían temido a los dragones, por eso querían cazarlos y exterminarlos. Por eso habían matado a toda su familia, sólo quedaba él. Era el último de una estirpe muy especial de dragones: los llamados dragones milenarios. Era una especie muy rara y con una cualidad que los diferenciaba de todos los demás: No morían nunca, eran inmortales. Podían vivir durante años y siglos y milenios, salvo que su vida les fuera arrebatada. Sólo morían si los mataban, nunca por vejez.

        —Si se acerca un poco más, lo achicharraré ­—pensó el dragón—. Para terminar con este pequeño humano me serviría con emplear una simple llamarada de uno de los agujeros de mi nariz.

        Los dragones milenarios eran de los pocos que podían arrojar su fuego no sólo por la boca sino también por los orificios de la nariz.

        Pero el joven muchacho, ajeno al grave peligro que le acechaba, continuaba andando hacia la descomunal bestia.

        De pronto el niño tocó algo con sus manos. Supuso que había llegado al final de la cueva porque lo que palpó era duro como la piedra; aquel oscuro lugar no debía ser tan grande como pensaba, se dijo.

        —¡Me está tocando! —se dijo el dragón, indignado por el atrevimiento— ¡lo voy a achicharrar!

        Pero no lo hizo.

        El niño seguía pasando sus manos por las enormes escamas del cuerpo del dragón, hasta que notó un ligero movimiento en aquello que tocaba… No se trataba de una pared de roca, sino de algo vivo…

        Entonces escuchó una voz ronca que retumbó entre las paredes de piedra.

—¡¿Qué haces aquí?! —bramó el dragón.

        Ahora sí el niño sintió miedo. Percibió que algo de gran tamaño se movía delante de él. No sabía qué podía ser, pero al comprobar que hablaba pensó que podría tratarse de un gigante o algo así.

        El valiente pequeño dejó sus temores a un lado y contestó, intentando mantener la calma.

        —Creo que me he perdido, señor, ¿quién es usted?

        —¿Es que no lo sabes? —gruñó el dragón—. ¿Acaso no has venido hasta aquí buscándome a mí?

        —No tengo ni idea, señor —contestó el niño— y no he venido buscando a nadie. No conozco este sitio y no sé quién pueda vivir en él.

        —Soy un dragón, el último de mi especie.

        El niño se quedó pensativo; no sabía que aún quedaran dragones y mucho menos que pudieran hablar…

        —Pensaba que ya no había dragones —dijo el muchacho.

        —Claro —contestó malhumorado el dragón—, los humanos habéis hecho todo lo posible por exterminarnos a todos, ¿verdad?

        El niño se sintió culpable y no sabía qué decir. Precisamente su familia, desde hacía muchas generaciones, había presumido de tener a los mejores cazadores de dragones. Su abuelo siempre le contaba cómo terminó con los últimos dragones de los llamados milenarios, los más difíciles de encontrar…

        —Supongo que habrá sido con la intención de defenderse —dijo el joven, no muy seguro de que sus palabras fueran del agrado de la gran bestia que tenía ante sí.

Aunque no podía ver al dragón, sentía que debía ser de un tamaño considerable. Empezó a temer por su vida el pequeño aventurero.

—¡¿Defenderse?! —gritó irritado el dragón— ¿Defenderse de qué? Los de mi estirpe nunca atacaron a los humanos, nunca.

Entonces se mantuvo en silencio durante un instante, antes de seguir, en un tono más calmado, incluso triste y melancólico.

—Pero los hombres nos buscaron y mataron a todos los miembros de mi familia, menos a mí. Soy el último de mi especie.

El niño, además de miedo, empezó a sentir pena por aquella temible bestia.

—¿Qué especie? —preguntó dubitativo.

—¡Ya te lo he dicho antes! —volvió a hablar con su tono enfadado— ¡Soy un dragón! ¡Un dragón milenario! ¡El último de mi estirpe!

Al decir estas palabras, se acercó amenazante hacia el asustado pequeño, que recordó las historias que le contaban en casa sobre la caza y exterminio de los últimos dragones milenarios. Se preguntó si serían familiares suyos los dragones a los que mató su abuelo.

—Y… ¿qué vas a hacer conmigo? —preguntó el niño.

—Tendré que acabar contigo, cachorro humano, no me queda otra opción. Si no, les dirías a los tuyos dónde estoy y vendrían a cazarme. Aunque huyera de aquí, terminarían encontrándome; para eso los humanos sois muy listos.

En este momento, por primera vez, el muchacho pudo apreciar entre las sombras el contorno del terrorífico animal. Era mucho más grande de lo que sospechaba. Además, vio brillar claramente sus ojos dorados cuando la bestia se acercó más a él. Tenía más miedo que nunca, incluso le temblaban las piernas.

—Te prometo que si me dejas marchar no le diré a nadie que te he visto —dijo el niño, inocentemente.

En el fondo se sentía culpable por todo lo que su familia le había hecho a ese pobre dragón; le habían dejado solo en el mundo, sin sus seres queridos. Pensaba lo triste que él mismo estaría si alguien hubiera matado a toda su familia.

Pero el dragón soltó una estruendosa carcajada.

­­­­—¿Dejarte marchar? No me hagas reír. ¿Por qué iba a confiar en ti, en un humano?

—Porque te he dado mi palabra —contestó el niño.

El dragón volvió a soltar otra carcajada.

—¿Y qué valor tiene la palabra de un cachorro de hombre?

El muchacho se sintió molesto por el comentario del dragón. Él creía que su palabra valía mucho. Siempre cumplía con lo que decía y estaba dispuesto a seguir haciéndolo.

—¿Qué valor tiene la palabra de un dragón? —contestó el pequeño, desafiando a la descomunal fiera.

—¡¿Cómo te atreves?! —rugió el dragón—. ¡Un dragón milenario nunca falta a su palabra! He vivido miles de años; antes de que tu raza apareciera en este mundo yo ya había coexistido en paz y armonía con todo tipo de especies. Nunca he traicionado, nunca he engañado…

—Pues mi palabra vale lo mismo —interrumpió el niño, tranquilo y orgulloso—. Yo tampoco traiciono ni engaño a nadie.

El enorme dragón se enfureció tanto que empezó a echar humo por los agujeros de la nariz. Parecía que en cualquier momento iba a comenzar a lanzar llamaradas… pero no lo hizo.

—Me estás mintiendo, cachorro humano —dijo el dragón.

—No lo hago, señor dragón —contestó el niño, seguro de sí mismo—. Tantos años de vida seguro que le han otorgado la sabiduría suficiente para darse cuenta de que no miento.

El dragón se revolvió enfurecido, golpeando la cola y las alas contra las paredes de piedra de aquella oscura caverna. Las llamas iluminaban ya su boca y nariz; parecía un volcán a punto de estallar. Pero el niño ahora no tenía miedo.

Con un mínimo esfuerzo la poderosa bestia podría haber dejado al niño reducido a unas cenizas… pero algo en su interior se lo impidió. Quizá detectó sinceridad en aquel cachorro de hombre; quizá la tentación de poder hablar con alguien después de tantos años sin hacerlo con nadie; acaso no podía dejar de aprovechar la oportunidad de aceptar el desafío de un humano y salir victorioso de él…

—¡Acepto el reto! —dijo por fin el dragón.

El joven muchacho respiró aliviado. Ya pensaba que su fin había llegado. El dragón continuó.

—Estoy dispuesto a dejarte marchar. Pero si me delatas, prometo no descansar hasta encontrarte y acabar contigo.

—Me parece justo —contestó el niño, y ofreció su pequeña mano al dragón para estrecharla, como hacen los humanos para llegar a un acuerdo.

El dragón quedó extrañado por aquel gesto, pero también él adelantó una de sus garras para que el niño la cogiera por una de sus uñas y se firmara el pacto entre caballeros.

El pequeño abandonó sano y salvo la oscura cueva e inició el camino de vuelta a casa lo más rápido que pudo, no fuera que la terrible bestia se arrepintiera de sus palabras.

 

No sólo no dijo nada del dragón a nadie, sino que el niño volvió hasta la montaña para visitar al dragón de vez en cuando. Una bonita amistad surgió entre ambos con el paso de los años. El niño se hizo un hombre y mantuvo su promesa hasta el final de sus días. Murió de viejo y nunca nadie supo nada de su secreto. El dragón lamentó la pérdida de su buen amigo humano.

Ser honesto y cumplir siempre con la palabra dada puede llegar a lograr las más extrañas alianzas y también las más fuertes amistades. Es la mejor forma de ganarse el respeto y aprecio de los demás.

 
 

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Espero que os haya gustado.

 

FIN

 

Una historia de fútbol



¡Somos campeones, papá!”

 

   ¡Gooooooool! ¡Toma ya, el tercero!

No pudo evitar saltar del sillón, para celebrar un nuevo gol de su equipo del alma. A pocos minutos para el final del partido, el resultado de tres a cero a favor del Atlético de Madrid parecía definitivo. Esta vez no se le iba a escapar el título de campeón de la Europa League.

   Hoy no ha tocado sufrir ¿eh, papá? No como otras veces…

Llevaba al cuello una bufanda rojiblanca de lana, con más años que él, pero no era una bufanda cualquiera; era especial. Su padre ya la había lucido en Lyon, hacía treinta y dos años, la misma ciudad y el mismo estadio que ahora, en otra final europea del Atlético; aunque en aquella ocasión con bastante menos suerte…

   No es la Champions, pero un título es un título ¿no crees? ¡Atleeeeeeeeeeeti, Atleeeeeeeeeti!

Su rostro, entre la euforia y la emoción cuando el árbitro pitó el final del partido; el Atlético, campeón.

Entonces se arrodilló en la alfombra del salón, frente a la tele, y levantó su bufanda hacia el cielo, mientras unas lágrimas resbalaban por su mejilla. Hubiera dado cualquier cosa por poder abrazar a su padre y celebrar con él aquel momento. Pero ya habían pasado demasiados años desde que no podía hacerlo y se tenía que conformar con ponerse su bufanda durante los partidos; con comentar algunas jugadas con él, como si estuviera a su lado, escuchándolo; y, sobre todo, con recordar tantos momentos de fútbol vividos con aquel hombre, cuya pasión por el Atleti había heredado. Desde niño lo llevó al estadio Vicente Calderón, y la semilla de ese sentimiento tal especial por un equipo germinó para siempre en él.

Le debía muchas cosas a su padre y la devota afición por estos colores era una de ellas.

—¡Somos campeones, papá!